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República de Weimar

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Deutsches Reich
Weimarer Republik
República de Weimar
Imagen:Flag of the German Empire.svg
1919 — 1933 Imagen:Flag of Germany 1933.svg
Imagen:Flag of Germany (2-3).svg Imagen:Wappen Deutsches Reich (Weimarer Republik).svg
Bandera Escudo
Himno nacional: Das Lied der Deutschen
Capital Berlín
Idioma oficial Alemán
Gobierno República semipresidencialista
Reichspräsident (Presidente)
 • 1919-1925 Friedrich Ebert (SPD)
 • 1925-1934 Paul von Hindenburg
Reichskanzler (Canciller)
 • 1º: 1920
2º: 1928-1930
Hermann Müller (SPD)
 • 1º: 1923-1925
2º: 1926-1928
Wilhelm Marx (Zentrum)
 • 1932 Franz von Papen
 • 1933 - 1945 Adolfo Hitler (NSDAP)
Período histórico Período de entreguerras
 • Revolución de Noviembre Noviembre de 1918 a Marzo de 1919
 • Establecimiento 11 de agosto de 1919
 • Hitler asume el cargo de Canciller 30 de enero de 1933
 • Incendio del Reichstag 27 de febrero de 1933
 • Disolución¹ 23 de marzo de 1933
Superficie
 • 1925 468.787 km2
Población
 • 1925 est. 62.411.000 
     Densidad 133,1/km²
Moneda Papiermark (1919-1923)
Reichsmark (1924-1933)
Miembro de: SDN
¹ Oficialmente la República de Weimar no sería disuelta hasta la ocupación de Alemania por los Aliados en mayo de 1945.
</div> </div>

La República de Weimar (en alemán: Weimarer Republik) fue el régimen político y, por extensión, el periodo histórico que tuvo lugar en Alemania tras su derrota al término de la Primera Guerra Mundial. El nombre de República de Weimar es un término aplicado por los historiadores posteriores, puesto que el país conservó su nombre de Deutsches Reich (Imperio Alemán). La denominación procede de la ciudad homónima, donde se reunió la Asamblea Nacional constituyente y se proclamó la nueva constitución, que fue aprobada el 31 de julio y entró en vigor el 11 de agosto de 1919.

1933 es la fecha de término de la República, ya que, si bien la constitución del 19 no fue renovada hasta el término de la Segunda Guerra Mundial, el triunfo de Adolf Hitler y las reformas llevadas a cabo por los nacionalsocialistas (Gleichschaltung) la invalidaron mucho antes, instaurando una dictadura totalitaria, el llamado Tercer Reich.

Tabla de contenidos

[editar] Establecimiento de la República (1918–1919)

[editar] La Revolución de Noviembre

Artículo principal: Revolución de Noviembre

Ante la ofensiva final de los Aliados, el 14 de agosto de 1918, el Alto Mando alemán se reunió en su cuartel general de Spa y reconoció la inutilidad de seguir la guerra. No quería que los aliados pudieran descubrir el estado real de sus fuerzas, y menos aún verse en la imposibilidad de detener su avance. Esperaba salvar el ejército, ya que no el régimen, negociando, cuando se encontraba aún a cien kilómetros de París. El 27 de septiembre Hindenburg y Ludendorff informaron al gobierno imperial y pidieron el armisticio inmediato sobre la base de los famosos 14 puntos de Wilson. Los políticos comprendieron de inmediato que la guerra está perdida y que los militares habían intentado ocultarlo. En pocos días se organizó un nuevo gobierno parlamentario, y el recién nombrado canciller, el príncipe Max de Baden, conocido liberal y pacifista, procedió a negociar la paz. Wilson, de espaldas a sus aliados, exigía ante todo la transformación de las instituciones políticas y militares del Reich. El ejército se opuso, y Ludendorff dimitió de manera estrepitosa, alimentando el mito de la «traición» de los civiles para ganarse a la opinión pública. Por su parte, los socialistas instalados en el poder esperaban la abdicación del Kaiser para hacerse con el control, si bien sus líderes hicieron esfuerzos desesperados para conservar la forma imperial del Estado. La situación se vio entonces súbitamente interrumpida por los sucesos de Kiel.<ref>Díaz Espinosa: 18-26, Ferro: 374-8 y Klein: 20-2</ref>

Mientras que las tropas y la población agotadas y desesperanzadas esperaban el armisticio, en Kiel, el Comando de la Marina (Marineleitung) al mando del almirante Reinhard Scheer quería cruzar el fuego por última vez con la Royal Navy, por lo que anunció a la Hochseefleet que debía zarpar. Los preparativos para hacerse a la mar causaron enseguida un motín entre en Wilhelmshaven, donde la flota alemana había echado el ancla en espera del ataque. Los marineros amotinados se negaban a entablar una batalla nada más que por el honor. El Comando de Marina decidió suspender el ataque y retornar a Kiel para procesar a los amotinados en la corte marcial. Los marineros restantes querían evitar el proceso, porque los amotinados también habían actuado en su interés. Una delegación sindical solicitó su liberación, pero fue rechazada por el comando de marina. Al día siguiente, la casa sindical fue cerrada, y el 3 de noviembre las concentraciones de protesta fueron reprimidas a tiro limpio, causando la muerte de nueve personas. Cuando un marino respondió al fuego y mató a un oficial, la manifestación se convirtió en revuelta general.<ref>Ferro: 377-8.</ref>

La mañana del 4 de noviembre, los marineros eligieron un consejo de soldados, desarmaron a sus oficiales, ocuparon los barcos, liberaron a los presos amotinados y tomaron el control de la base naval de Kiel. A los marineros se unieron trabajadores civiles, en especial los metalúrgicos. Tras fundirse en un “Consejo de soldados y obreros”, similar a un Soviet, asaltaron los cuarteles y se apoderaron de la ciudad al son de La Internacional, reivindicando la mejora de la alimentación, el abandono del proyecto de ofensiva de la flota, la liberación de los detenidos, el sufragio universal y la abdicación del Emperador. Por la tarde se les unieron soldados del ejército que el comando local había hecho traer para sofocar la revuelta. De este modo Kiel estaba firmemente en manos de 40.000 marineros, soldados y trabajadores insurrectos. La noche del 4 de noviembre, el diputado del SPD Gustav Noske llegó a Kiel en representación de la dirección del SPD, para controlar la revuelta y evitar una revolución. El consejo de la ciudad creía estar de parte del nuevo gobierno y contar con su apoyo. Por esto nombró a Noske “gobernador” esa misma noche y éste efectivamente terminó la revolución en Kiel al día siguiente.<ref>Díaz Espinosa: 34-5.</ref>

Entretanto, el motín de Kiel había encendido la revolución en el resto de Alemania. Los cuarteles se levantaron contra la oficialidad y los mandos fueron relevados de sus funciones. Las huelgas de solidaridad extiendieron la insurrección de la costa a las ciudades, y de las ciudades al interior. En Brunswick los marinos recién llegados se unieron a los obreros, obligaron al Gran Duque a abdicar y proclamaron la República Socialista de Brunswick. El proceso de huelga, motín, asalto a las cárceles y proclamación de consejos de obreros y soldados se repitió en todas las ciudades del país. Pero, a diferencia de los soviets rusos, estos Ratebewegungen emanaban más de la voluntad de los soldados que de la de los trabajadores. El 6 de noviembre, sabiendo que Guillermo II no podría conservar su trono, Max de Baden le urgió para que abdicara en el Kronprinz, y salvar así la Monarquía, sin éxito. En Múnich, el 7 de noviembre huyó el rey Luis III de Baviera, y al día siguiente se constituyó un consejo de soldados, obreros y campesinos dirigido por Kurt Eisner, socialista independiente, que proclamó la República de Baviera. El 9 de noviembre la revolución llegó a Berlín, y en pocas horas el Reich llegaba a su fin cuando el canciller anunció la abdicación del Kaiser y el Kronprinz y nombró sucesor suyo al socialdemócrata Ebert. 22 coronas rodaron por los suelos sin oponer la menor resistencia, y de pronto surgieron dos repúblicas: Philippe Scheidemann, ex ministro imperial, proclamó la República desde el Reichstag, pero apenas dos horas después Karl Liebknecht apareció en el Stadtschloss, el Palacio Imperial, y anunció la República Libre y Socialista Alemana.<ref>Díaz Espinosa: 35-9; Klein: 22.</ref>

[editar] Los partidos políticos

La toma del poder por las masas tuvo como consecuencia inmediata el hecho de que Alemania entregara el poder político al socialismo. En noviembre de 1918 la gran mayoría del país estaba sinceramente dispuesta a apoyar a un gobierno democrático. Como a los socialdemócratas se les consideraba demócratas, y eran el partido parlamentario más numeroso, había casi una absoluta unanimidad para confiarles la dirección y formación del futuro sistema de gobierno. Sin embargo, los socialdemócratas se habían escindido. Relevantes marxistas rechazaron la democracia y se manifestaron partidarios de la dictadura del proletariado.<ref>Mises 2002: 283.</ref> Aparecieron así tres corrientes socialistas:

  1. La socialdemocracia (SPD): con un 35% de los escaños del Reichstag en las elecciones de 1912, era la la principal representante de la sociedad alemana. Asimismo, gozaba de un extraordinario predicamento entre las clases populares por su antigüedad, organización y número de afilados. Fiel siervo del régimen imperial, con la caída de éste se proponía sustituir la Alemania militarista y feudal por una democracia parlamentaria, restaurar las libertades cívicas y los derechos del hombre (suspendidos en el curso de la guerra) y aumentar el programa de medidas de la sozialpolitik preexistente. Los socialdemócratas rechazaban completamente el modelo bolchevique de revolución violenta y dictadura del proletariado, y potenciaron la colaboración con otras fuerzas políticas para democratizar las instituciones.<ref>Díaz Espinosa: 42-3.</ref>
  2. Los socialistas independientes (USPD): aparecieron en 1917 sin una formulación programática clara, como oposición al seguidismo que la SPD hacía del gobierno imperial en la guerra. Partidarios de la restauración de la unidad socialista, defendían tanto el parlamentarismo como los consejos revolucionarios, en la creencia de que éstos últimos debían supervisar al primero. Compartían el deseo de la SPD de potenciar la política social, y abogaban por la socialización de la economía a través de la nacionalización parcial de determinados sectores económicos, como parte de las finanzas y la industria pesada, pero manteniendo el comercio interno y externo en manos privadas. Rechazaban la colectivización de la tierra, pero proponían una redistribución en favor de los pequeños agricultores. Se oponían a las autoridades burguesas y rechazaban el burocratismo de las instituciones y los sindicatos, en contra de la SPD.<ref>Díaz Espinosa: 43-4.</ref>
  3. La Liga Espartaquista: en un principio parte de la USPD, se transformó en un partido revolucionario. Rechazaban el revisionismo socialdemócrata y consideraban los acontecimientos de noviembre una etapa en el objetivo final de la revolución socialista y la dictadura del proletariado. Consideraban la revolución bolchevique un ejemplo a seguir, con ciertos ajustes y la corrección de los errores de Lenin con respecto al mantenimiento de las libertades individuales. Creían que los proletarios debían tomar el control de las instituciones burguesas y suplantarlas con sus propios órganos representativos, exclusivamente formados por miembros de su partido, para alcanzar una verdadera democracia, sin que el terror y la represión entraran en principio en sus fines. Sus 24 proposiciones para la protección de la revolución incluían el desarme del ejército y la policía, la supresión del régimen parlamentario y la socialización de la economía a través de la confiscación de grandes fortunas, bancos, propiedades y fábricas, de los transportes y los medios de comunicación y el dirigismo de la producción. Independientemente de todo ello, vistos con perspectiva, sus esfuerzos estaban condenados al fracaso dado su escaso número y al efecto negativo que la Revolución Bolchevique había producido en la opinión pública, asimilándose los horrores soviéticos a los espartaquistas.<ref>Díaz Espinosa: 44-6 y Klein: 26-7.</ref>

Los socialdemócratas se aliaron con los independientes y se hicieron hueco en los organismos de la Revolución de Noviembre, articulando una bicefalia entre los representantes políticos y los de los consejos populares. El 10 de noviembre, seis comisarios del pueblo (3 socialdemócratas y 3 independientes) formaron el Gobierno Provisional. Al día siguiente firmaron el armisticio de Compiégne, en base a los 14 puntos de Wilson, y el 12 promulgaron un programa de actuación política económica de cara a la reconstrucción nacional. Se creó un Consejo Ejecutivo Provisional completamente dominado por los socialdemócratas, como vínculo entre el gobierno provisional y los consejos. Este Consejo no duda en ratificar la actuación del gobierno, y hace oídos sordos a los espartaquistas. Los Consejos habían perdido su utilidad para un gobierno cuya mayor preocupación era precisamente evitar una Revolución, limitándose al cambio pacífico del canciller y la forma del Estado. Finalmente, el Congreso Panalemán de Consejos reunido en Berlín del 16 al 20 de diciembre apoyó mayoritariamente las tesis socialdemócratas, por lo que se disolvió y confió el destino de la República a la convocatoria de elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente. Con ello la Revolución terminaba antes de empezar, y las clases populares quedaban marginadas de la política. Esta renuncia voluntaria al poder provocó el estupor y la acción desesperada de la Liga Espartaquista, rechazada por la mayor parte de la población, que no había obtenido más que 10 delegados de un total de 489 en el mencionado Congreso.<ref>Díaz Espinosa: 46-50 y Klein: 24-5 y 29-32.</ref>

Para consolidarse, la recién nacida República logró el acuerdo entre sindicatos y patronales (15 de noviembre), tranquilizando así a la burguesía. Los trabajadores obtuvieron garantías como la jornada de ocho horas sin disminución de salarios, la renuncia de los patronos a emprender acciones contra los sindicatos y la reglamentación del trabajo con convenios colectivos. Por su parte, los industriales conjuraron el peligro de la revolución y la socialización de la economía, defendidos por los espartaquistas. De igual modo, se llegó a un acuerdo con el ejército monárquico para crear un gobierno de orden y combatir la amenaza bolchevique. Por su parte, la vieja clase política imperial se había adaptado a la nueva legalidad en la forma de nuevos partidos de derechas, los llamados populares: los conservadores antirrepublicanos y pangermanistas en el DNVP (Deutsche Nationalen Volkspartei o Partido Popular Nacional Alemán), mientras que los liberales se escindieron en el derechista DVP (Deutsche Volkspartei o Partido Popular Alemán) y el izquierdista DDP (Deutsche Demokratische Partei o Partido Demócrata Alemán). Tan sólo el católico y centrista ZP (Zentrumspartei) conservó su denominación anterior.<ref>Díaz Espinosa: 53-7 y 145-7.</ref>

[editar] Der Spartakusaufstand (El levantamiento Espartaquista)

Entre la decisión de transferir el poder a una Asamblea Constituyente, y la fecha de su real aplicación, el 19 de enero, tuvo lugar la última fase de la novembrerevolution. Los socialistas independientes pronto fueron dejados de lado, precisamente por su carácter conciliador, tachados de traidores por los espartaquistas y de aliados poco sinceros por los socialdemócratas. Aliados con el ejército, los socialdemócratas giraron hacia posturas más conservadoras y procedieron a la disolución de los consejos, el restablecimiento de la autoridad de mando de los oficiales y la entrega de las armas en poder de los civiles. Por su parte, los espartaquistas se radicalizaron cada vez más, en la esperanza de detener la contrarrevolución. Deseosos de enfatizar su preferencia por el modelo soviético, el 30 de diciembre los espartaquistas fundaron el KPD (Kommunistische Partei Deutchslands o Partido Comunista Alemán), renunciando a participar en las elecciones del 19 de enero y marcándose metas revolucionarias. El alemán medio percibía que todo lo que los marxistas habían proclamado durante años había sido pura mentira. Sencillamente, lo único que perseguían era poner a Rosa Luxemburgo, una extranjera, en el lugar de los Hohenzollern. Para la opinión pública resultaba que, como habían dicho siempre los conservadores, lo que los defensores de la democracia querían establecer era el gobierno de la turba y la dictadura de los demagogos. La misma idea de la democracia se hizo sospechosa. Para muchos alemanes el término fue desde entonces sinónimo de fraude, hecho que posteriormente daría alas al nazismo.<ref>Díaz Espinosa: 57-9 y Mises 2002: 283.</ref>

Los nacionalistas se dieron rápidamente cuenta del cambio de mentalidad y se aprovecharon de la ocasión. Si unas semanas antes se habían sentido desesperados, ahora sabían cómo volver al poder. Acuñaron la falaz leyenda de «la puñalada por la espalda», que les devolvió la confianza en sí mismos y el apoyo popular. Pero lo primero que tenían que hacer era impedir el establecimiento de una dictadura comunista. Por ello, un partido esencialmente antidemocrático como el DVNP presentó al electorado, por razones puramente tácticas, un programa liberal y democrático. Apoyando el régimen parlamentario en el corto plazo, se proponían acabar con él más tarde.<ref>Díaz Espinosa: 56-7 y Mises 2002: 284-5.</ref>

Por su parte, los comunistas confiaban en conquistar el poder por la violencia, con ayuda rusa o aún sin ella. En la Navidad de 1918 estalló en Berlín un conflicto entre el gobierno provisional y una belicosa tropa comunista, la división de marinos del pueblo (Volksmarinedivision), que se opuso al gobierno y se atrincheró en el Palacio Imperial, llegando a sitiar al canciller Ebert en su despacho. Éste, presa del pánico, pidió ayuda a una compañía de caballería desmontada de la antigua Guardia Real, mandada por un general aristocrático, que estaba a las afueras de la capital en espera de ser disuelta. Hubo un encuentro favorable a los guardias, pero el gobierno les ordenó retirarse, ya que desconfiaba de ellos y no quería luchar contra sus propios camaradas. Esta escaramuza convenció a los socialistas independientes de que era imposible evitar el triunfo del comunismo, y para no perder popularidad ni llegar demasiado tarde a participar en el inminente gobierno comunista, retiraron a sus 3 comisarios, con lo que la SPD quedó en exclusiva a cargo del gobierno, lo que acrecentó su inclinación hacia posturas conservadoras.<ref>Díaz Espinosa: 58-7 y Mises 2002: 285.</ref>

El 4 de enero de 1919 el socialista independiente Emil Eichorn cesó como jefe de policía, y ello sirvió de pretexto para la huelga general, que el 6 paralizó Berlín y se convirtió en una tentativa de insurrección; comunistas y socialistas independientes iniciaron la batalla en las calles de Berlín y llegaron a dominar en el centro de la capital. El USPD y el KPD formaron un comité débil e indeciso, y el movimiento se extiendió a Baviera, Bremen, Hamburgo, Sajonia, Magdeburgo y Sarre. Liebknecht abogaba por derribar cuanto antes el gobierno de Ebert, contra la opinión de Rosa Luxemburgo, y tras el fracaso de las conversaciones con el gobierno, llamó a los obreros a tomar las armas. La situación era desesperada cuando apareció una ayuda inesperada, al decidir el ministro de defensa Gustav Noske echar mano de los freikorps (organizaciones paramilitares antirrepublicanas) para acabar con el levantamiento. Entre el 8 y 13 de enero los freikorps reconquistaron fácilmente la capital y asesinaron a cientos de revolucionarios, incluyendo a Liebknecht y Luxemburgo.<ref>Díaz Espinosa: 58-62 y Mises 2002: 285-6.</ref>

Por otra parte, por estas fechas (5 de enero de 1919) se constituyó el Partido Obrero Alemán. Fundado por Anton Drexler y Karl Harrer, fue en sus inicios un partido pequeño de ideas contradictorias, hasta que Adolf Hitler se les unió en octubre de 1919, asumiendo la dirección del movimiento poco más tarde hasta convertirlo en el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores.

La victoria del gobierno no puso fin a la guerra civil, que aún duró varios meses en provincias, con la limpieza de islotes revolucionarios en Bremen y el Ruhr. Con todo, pudieron celebrarse las elecciones, las sesiones de la asamblea constituyente y la proclamación de la Constitución de Weimar. Hubo una participación del 82’8%, en las elecciones el SPD obtuvo el 37’9% de los votos y 165 escaños, seguido del ZP (19’7 y 91), el DDP (18’6 y 75), el DVNP (10’3 y 44), el USPD (7’8 y 33) y el liberal DVP de Gustav Stresemann (4’4 y 19). Pese a llevarse la parte del león, el SPD estaba condenado a pactar con los partidos de derecha para poder gobernar. Se formó así la llamada Coalición de Weimar, y Ebert fue elegido presidente de la república, por 277 votos contra 51 y 51 abstenciones, y Scheidemann nombrado jefe de gobierno.<ref>Díaz Espinosa: 72 y Klein 34-7.</ref>

Curiosamente, el régimen republicano debió su existencia a las fuerzas paramilitares y antidemocráticas de una derecha nacionalista, radicalmente opuesta al parlamentarismo, que esperaba la oportunidad de ponerle fin. Es sorprendente saber quiénes pusieron el dinero, mucho dinero, para pagar a los freikorps: Walther Rathenau, por ejemplo. Los marxistas no comunistas reprocharon severamente a Ebert, Noske y otros dirigentes socialdemócratas su colaboración con los nacionalistas vencedores de los espartaquistas, pero lo cierto es que a los nacionalistas les correspondió el mérito de haber salvado al país del comunismo, mientras que los socialdemócratas quedaron públicamente desacreditados. Gobernaron en Prusia y otros länder únicamente gracias al apoyo de los nacionalistas, del ejército imperial convertido en Reichwehr y de los freikorps, y desde entonces estuvieron a merced de las derechas, cuyo poder iba mucho más allá de lo meramente parlamentario. Si hubieran podido elegir, los alemanes se habrían pronunciado en favor de la democracia en 1918. Pero no pudieron elegir más que entre dos dictaduras: la nacionalista de mañana o la comunista de hoy. Unos y otros consideraron la República únicamente como campo de batalla de su lucha por la dictadura. Pero en esta lucha extraparlamentaria, mientras que los primeros podían actuar libremente y conocían por experiencia los resortes del poder, los segundos no, y ello determinó la victoria nacionalista. No había entre esos dos partidos dictatoriales un tercero que defendiera el capitalismo y su corolario político, la democracia. La única alternativa lógica al nacionalismo y el socialismo beligerantes hubiera sido el liberalismo, pero ninguno de los partidos en el poder estaba dispuesto a renunciar al estatismo y la sozialpolitik. El único que hubiera podido cambiar la situación, el monárquico y librecambista DVP de Stresemann, carecía de la base social y la representación parlamentaria necesarias. Ni los socialdemócratas, ni el centro católico eran los adecuados para adoptar la democracia que calificaban de plutocrática y el republicanismo tildado de burgués, puesto que todos ellos eran estatistas y proteccionistas. Tras la experiencia de la guerra, las masas percibían que la autarquía económica propugnada por todos ellos era fatal, y que los únicos que tenían una idea de cómo afrontarla eran los partidos nacionalistas (aunque fuera con la fatal doctrina del lebensraum). Si los Hohenzollern perdieron el trono por rechazar el parlamentarismo de modelo inglés, la República de Weimar fracasó porque rechazó el ejemplo de moderación de la III República Francesa.<ref>Mises 2002: 289-90.</ref>

[editar] La crisis de Baviera

A partir de la reunión de la Asamblea nacional de Weimar, Kurt Eisner se había convertido en campeón de los länder frente al centralismo. Su asesinato el 21 de febrero a manos de un extremista de derechas (Arco-Valley) tuvo gran repercusión en Munich, donde el consejismo mantenía aún la vigencia perdida en Berlín. La situación degeneró rápidamente. El Landtag (dieta) bávaro, conservador, fue absolutamente marginado por los Consejos, que se radicalizaron rápidamente, proclamando al fin, a instancias de la Rusia de Lenin y la Hungría de Béla Kun, una «República Consejista Bávara» (7 de abril) de clara inspiración anarquista. Ésta rechazó el parlamentarismo e intentó acometer la revolución social, pero fue un completo fracaso. Los Consejos habían perdido todo contacto con las masas y la realidad social, y ni siquiera el nuevo partido comunista apoyaba su línea política.<ref>En este sentido resulta paradigmática la designación del arbitrista monetario Silvio Gesell como Ministro de Economía. Gesell propugnaba por un dinero que se desvaneciese (Schwundgeld) en caso de no ser gastado en un plazo prefijado. El papel moneda habría de ser sellado al final de cada mes, costando en dicho sello una determinada cantidad que se detraería del valor del propio dinero. Este interés inverso de un dinero autodestructivo suponía, pues, el pago por el derecho a no gastar.</ref> En cualquier caso, los propios comunistas se acabaron alzando contra la República de Baviera en un intento de salvarla, pero pronto se organizó la contrarrevolución, dirigida por el primer ministro de la SPD, Hoffmann, que en dos semanas aplastó totalmente la Revolución (finales de abril-principios de mayo de 1919). Las ejecuciones se contaron por centenares, y a partir de este momento, Múnich se convierte en la capital conservadora, contrarrevolucionaria y antirrepublicana, permitiendo durante muchos años, las actividades de nacionalistas desatados como Hitler y Ludendorff. Cuando cediendo a la presión de los Aliados, el gobierno promulgó una ley sobre la entrega de armas en poder de los particulares, Baviera se resistió, negándose a desarmar a las milicias contrarrevolucionarias, lo que provocó una crisis que duró de agosto de 1920 hasta 1921.<ref>Díaz Espinosa: 133-7 y Klein 32-3.</ref>

[editar] La Constitución de Weimar

Artículo principal: Constitución de Weimar

La Constitución, compuesta por 181 artículos, se discutió de febrero a julio, y fue aprobada el 31 de julio de 1919 por 262 votos a favor y 72 en contra (socialistas independientes, liberales y nacionales). Rebosaba por sus cuatro costados el espíritu de concordia y mutuo entendimiento, y como tal, la indefinición y ambigüedad. En Weimar no se instauró un Estado nuevo, sino que simplemente se dio al Deutsche Reich (que incluso conservó tal denominación) una nueva forma, la republicana. El pueblo experimentó la decepción de la imposición de una Constitución en la que no participó. Se hizo a la idea de que, en definitiva, la República había suplantado al Imperio sin que sus principios de gobierno diferieran. No obstante lo cual, la de Weimar fue una república democrática avanzada. A la cabeza de este Estado federal y parlamentario, se colocó un presidente elegido por sufragio directo para un mandato de siete años, dotado de fuerte autoridad y del derecho de disolución del Parlamento, lo que recuerda las atribuciones del antiguo emperador y las limitaciones del parlamentarismo bismarckiano. El Parlamento estaba constituido por una cámara electiva, el Reichstag, y otra territorial, el Reichsrat. El canciller, nombrado por el presidente, asumía el poder ejecutivo. La nueva Constitución eran consagraba el sufragio proporcional (y la consiguiente fragmentación de las cámaras), los poderes de emergencia de los que disponía el presidente y el recurso al plebiscito: por una parte, la posibilidad para el presidente de someter un texto legislativo al pueblo, en caso de desacuerdo con el Reichstag; por otra parte, la posibilidad para 1/10 de los electores de formular un proyecto de ley para someterlo al pueblo, o la facultad de diferir la promulgación de una ley si 1/3 del Reichstag y 1/20 de electores lo pidiesen.

La unidad triunfó sobre los particularismos locales (Reichsrechtbricht Landrecht), pero al igual que en la época de Bismarck, también en la República de Weimar los principales poderes de la administración civil eran atributos, no del gobierno del Reich, sino de los gobiernos de los Estados que lo formaban. Prusia era el Estado más extenso y más rico, el de población más numerosa, y su predominio aplastante en el Reichsrat: gobernar Prusia era gobernar el Reich, sin necesidad de tener en cuenta a los demás länder.

Asimismo, el adjetivo “social” apareció por vez primera en la Constitución de Weimar, proclamando que el Estado busca además de la democracia, elemento de las constituciones liberales escritas hasta entonces, la justicia social.

Se ha achacado injustamente a las deficiencias de esta Constitución los yerros de la República y su caída. Pero ninguna Constitución democrática hubiera podido hacer frente a la falta de apoyo popular al régimen, que desembocó en su crisis final y el ascenso nazi. Se observa, en cambio, que la constitución weimariana funcionó notablemente bien durante el gobierno de Stresemann, entre 1924 y 1929.<ref>Díaz Espinosa: 95-7 y Klein 39-42.</ref>

[editar] Una socialización abortada

Los socialdemócratas habían puesto a la cabeza de sus programas la socialización de los medios de producción (Vergeselleschaftung). Las nacionalizaciones y el socialismo aplicado durante la guerra (Zwangswirtschaft o planificación centralizada) habían sido, sin embargo, muy beneficiosas para algunos empresarios capitalistas aliados del gobierno del Reich y muy perjudiciales para la producción y los intereses de los trabajadores, debido a lo cual eran extremadamente impopulares. Los socialdemócratas abordaron la cuestión con demagogia: atacaban el socialismo de guerra como la peor clase de abuso y explotación capitalista, pero eran incapaces de establecer diferencias reales entre sus proyectos y el Zwangswirtschaft, rechazando además los instrumentos de nacionalización, ya como revolucionarios, ya como burgueses. Estas contradicciones e incoherencias determinaron la quiebra de la socialdemocracia alemana.<ref>Mises 2002: 294.</ref>

Con la caída del régimen imperial, los empresarios, desafiando la planificación central, habían reanudado la producción para exportar con objeto de comprar víveres y materias primas en los países neutrales y en los Balcanes. Los empresarios triunfaron en sus esfuerzos y salvaron a Alemania del hambre y la miseria. La gente los tachaba de aprovechados, pero se precipitaba a adquirir los productos puestos a la venta y se alegraban de adquirir artículos muy necesarios. Los parados volvieron a encontrar trabajo, y Alemania inició la vuelta a la normalidad. Por su parte, los trabajadores alemanes de todo tipo, no les importaba gran cosa la socialización. Daban más importancia a la subida de salarios, a las ayudas al desempleo y a la reducción del horario laboral. Los consejos obreros, vistos con recelo por las instituciones y los líderes sindicales, perdieron toda su sustancia revolucionaria y su papel político por el artículo 165 de la Constitución y la ley de Consejos de Fábrica del 4 de febrero de 1920.<ref>Díaz Espinosa: 95-8 y Mises 2002: 292-7.</ref>

El intento de reforma agraria, tímido y lleno de contradicciones, no supuso un cambio sustancial de las condiciones de vida de los agricultores ni de la estructura de propiedad. Según las estimaciones de 1922, apenas el 2% de la propiedad territorial afectada por la ley había sido redistribuida, situación que no mejoraría con el transcurso de los años.<ref>Díaz Espinosa: 99-102.</ref>

[editar] Las bandas armadas y el ejército

La revolución de noviembre provocó la aparición de los freikorps (compañías libres) y las Wehrorganisationen (organizaciones de defensa), bandas armadas dirigidas por aventureros, un fenómeno que no se veía en Alemania desde la Guerra de los Treinta Años. Estas compañías libres (como la Stahlhelm de Franz Seldte, la Wehrwolf de Fritz Kloppe y las Sturm Abteilung de Erich Röhm) estaban formadas por oficiales despedidos del antiguo ejército imperial, que se juntaron con soldados desmobilizados y jóvenes cadetes, ninguno de los cuales quería volver a la vida civil. Ofrecieron su protección a terratenientes y campesinos, y aunque en un principio protegieron a los civiles de los ataques de comunistas y defendieron las conquistas en el frente oriental, pronto las inmanejables bandas se convirtieron en saqueadores y peligrosos chantajistas. Dada la imposibilidad de disolverlas, se las acabó integrando en la Reichwehr, lo que, aparte de crear un conflicto con los aliados, fue otro de los ingredientes del fracaso de la República de Weimar: la pervivencia de un ejército rapaz, conquistador y antiparlamentario. Resulta elocuente que las instituciones militares y la marina conservaran los colores imperiales (negro, rojo, blanco). Y una vez eliminada la amenaza comunista, se acabó su colaboración con las autoridades republicanas. La oficialidad gozó de una autonomía increíble, manteniendo su ideología militarista, sus afectos monárquicos y su estilo de vida aristocrático. De cara a la galería, el ejército rechazaba cualquier implicación con el armisticio y la firma de la paz de Versalles. Afirmaban que, desde 1914, habían logrado los alemanes mantener inviolado su territorio, acampar durante cuatro años en Francia y mantener ocupadas las tres cuartas partes de Bélgica, Mézieres y Briey el día del armisticio. Aunque el ejército había perdido tanto la batalla como la monstruosa carnicería de la guerra, salvo en algunos sectores de la retaguardia o del frente, ni los civiles ni los militares tuvieron el sentimiento de haber sido derrotados. En este contexto, la leyenda falaz de la puñalada por la espalda les permitió mantener su mítica aureola de invencibilidad y acusar de la derrota a los civiles traidores. El 11 de noviembre las tropas desfilaeon por Berlín, y Ebert saludó a estos soldados «que vuelven invictos de un combate glorioso», consagrando así el mito del que iba a alimentarse la propaganda nacionalista y hitleriana.<ref>Díaz Espinosa: 103-7, 150-2 y 155-8, Ferro: 380 y Mises 2002: 297-8.</ref>

[editar] El Tratado de Versalles

Artículo principal: Tratado de Versalles (1919)

Es común entre los historiadores atribuir las responsabilidades del fracaso republicano y la expansión de la dictadura nazi a las severas condiciones del Tratado de Versalles. La idea fue en su origen hábilmente urdida y manipulada por los nacionalistas, de modo que prendió en todo el pueblo alemán, la idea de la Schandfrieden (paz vergonzosa) y Schmachfrieden (paz humillante). El día siguiente a la aceptación del Tratado, el 23 de junio de 1919, fue día de luto en Alemania, considerado como la primera gran derrota del parlamentarismo y el pecado original de la República de Weimar.

Aunque el Tratado fuera injusto e impuesto a la fuerza, es sin embargo falso que las condiciones fueran especialmente gravosas para con Alemania, y mucho menos que los problemas de Weimar y auge del nazismo tuvieran algo que ver con los 440 artículos del Tratado de Versalles. Algunas de ellas eran injustas, y tan perjudiciales para Alemania como para los aliados, pero el análisis frío y lúcido del tratado permite concluir que no fue tan malo como afirmaban los nacionalistas alemanes, lord Keynes y sus Consecuencias Económicas de la Paz, o los políticos británicos y su política de apaciguamiento. Sin embargo, el Versalles hábilmente manipulado y repetido por la ignorancia y la mala fe fue la jugada maestra de los enemigos de la República, la que puso de su parte al pueblo alemán, que en principio había acogido con entusiasmo la democracia.

[editar] Los años de crisis (1919-1923)

Los primeros años de la República de Weimar fueron años de crisis política, crisis económica, financiera, y monetaria, intentos golpistas y separatismos, que sacudirán a la joven República hasta el final del año 1923. Los acontecimientos se sucedieron a un ritmo de locura y su complejidad es frecuentemente inextricable. La nueva República sufrió la hostilidad de la burguesía nacionalista, del Ejército y de los grupos tanto de extrema derecha como de extrema izquierda.

Tras la radicalización de la situación de Baviera, en Berlín, en la primavera de 1919, Gustav Noske trató de eliminar completamente la oposición comunista, que considera el peligro más grave. A principios del mes de marzo, aliándose con los freikorps organizó una nueva represión sangrienta contra una huelga. En el curso de la cual el líder comunista Leo Jogiches, sucesor de Liebknecht y Luxemburgo, fue asesinado (10 de marzo), junto con varios centenares de obreros. Una represión análoga se organizó en algunas otras ciudades como Magdeburgo o Leipzig. En otro lugares, como en Sajonia, la situación era anárquica, más que revolucionaria, a veces, incluso, simplemente de terrorismo de extrema izquierda.<ref>Klein: 43-4.</ref>

[editar] La reacción derechista y el golpe de Kapp

Aprovechándose de la oleada contrarrevolucionaria, la derecha reaccionaria atacó de frente y con una violencia cada vez más acentuada al régimen republicano, primero a través del parlamento, es decir, esencialmente del DVNP del ex ministro imperial Helfferich. En diciembre de 1919, Helfferich desencadenó una campaña de inaudita violencia contra el ministro de Finanzas Matthias Erzberger, poniendo en duda hasta su integridad personal y su capacidad política. Se llevó a cabo un proceso por difamación, que duró de enero a marzo de 1920, y apasionó a la opinión pública. Erzberger fue víctima de una tentativa de asesinato por parte de un joven nacionalista, pero, finalmente, el 12 de marzo, el juicio constituyó un éxito completo para Helfferich, al reconocer el tribunal el fundamento de las acusaciones. Esta victoria de los imperiales contra los republicanos obligó a Erzberger a retirarse temporalmente de la vida política. Al día siguiente del fallo judicial, el 13 de marzo a las 6 de la mañana estalló el putsch de Kapp, que canalizó el descontento latente en la Reichswehr, a todo lo largo del año 1919. La Reichswehr estaba amenazada por la reducción de tropas fijada por el Tratado de Versalles, así como por la exigencia de la extradición de ciertos criminales de guerra y la amenaza de disolución de los cuepros más abiertamente antirrepublicanos, como las dos brigadas Erhardt, estacionadas en Silesia, particularmente agistadas y ultranacionalistas, que de hecho llevaban ya la cruz gamada como emblema. El general Von Lüttwitz y Kapp, un alto funcionario prusiano, intentaron organizar este descontento e imponer una dictadura militar. La brigada de marina entró en Berlín, ocupando los ministerios y centros de poder. Noske, al saber lo que ocurría, pidió la intervención de la Reichswehr, pero Von Seeckt, uno de sus jefes, se negó, alegando que «La Reichswehr no dispara sobre la Reichswehr». Kapp fue proclamado canciller, mientras el gobierno huyó, refugiándose en Dresde y luego en Stuttgart. La población acogió con descontento a los ultranacionalistas, organizando rápidamente la resistencia obrera y popular. Estalló la huelga general, y en pocas horas Berlín quedó completamente paralizado. Al cabo de cuatro días, los golpistas victoriosos desistieron, y se fueron a sus casas, con lo que todo quedó en un fraude. No así en otras ciudades alemanas, donde hubo hasta 300 muertos. En todo caso, se había demostrado que los socialistas tenían en la huelga general un arma efectiva, y Noske, el organizador de la represión contrarrevolucionaria, perdió su puesto. Sin embargo, el fracaso del putsch Kapp no significó en modo alguno una victoria del régimen republicano. Muy al contrario, la intentona acabó con una amnistía general, la promoción de Seeckt al mando supremo del ejército y la negativa de una reestructuración total de la Reichswehr, más que comprometida con los golpistas. La indulgencia sistemática con los extremistas de derecha, en la creencia de que eran los únicos capaces de vencer al bolchevismo, fue sin lugar a dudas un elemento capital del fracaso de la República de Weimar.<ref>Klein: 48-9.</ref>

[editar] La reacción izquierdista

No menos amenazada que por la derecha estaba la República por la izquierda. De 1919 a 1923, cada año y de una manera permanente, se desarrollaron diversos movimientos obreros. A veces se trataba tan sólo de simples motines, y otras veces de auténticas insurrecciones e intentos de golpe de Estado. Inmediatamente después del putsch Kapp se produjo una verdadera tentativa de putsch en la cuenca del Ruhr, despiadadamente reprimida. Se habló mucho del «Ejército Rojo», que ocupó varias ciudades en la cuenca del Ruhr. En Sajonia y en Turingia, Max Holz, más calificado más de bandido que de comunista, tuvo aterrorizadas a varias regiones. También aquí la represión fue terrible, pero Holz consiguió escapar.

1921 es un año marcado por las tentativas revolucionarias. Se proclamó una huelga general, pero fue un fracaso. En Alemania central hubo combates de gran envergadura, especialmente en las fábricas Leuna de Mansfeld, en Sajonia, donde los combates se prolongaron varios días. El 31 de marzo todo había terminado, y unos meses más tarde, Holz fue detenido y condenado. Esto significó el hundimiento del comunismo alemán. El proletariado alemán no estaba por la revolución, y los continuos intentos golpistas de los comunistas los desacreditaron. Ello fue explotado por los nacionalistas, y allanó el camino al ascenso de Hitler diez años después.<ref>Díaz Espinosa: 126-30 y Klein: 51-2.</ref>

[editar] Las elecciones de 1920

El putsch Kapp se volvió contra la coalición de Weimar: en efecto, muy pronto se procedió a unas nuevas elecciones. La Asamblea nacional, que aún estaba reunida, se separó y el primer Reichstag fue elegido el 6 de junio de 1920. Estas elecciones fueron un gran fracaso para la coalición de Weimar: los demócratas perdieron 29 escaños, los socialdemócratas 51 y el Zentrum 6, en tanto que los nacionalistas ganaron 22 escaños, los popularess 43, los socialistas independientes 59 y los comunistas, que no presentaron candidatos en 1919, obtuvieron 4 escaños. La SPD, condenada por todos, era quien más perdía. Abandonó el Gobierno, y una nueva coalición «burguesa» se formó bajo la dirección de Fehrenbach (ZP). Con esta crisis, la correlación de fuerzas cambiaba sustancialmente, y la socialdemocracia se perpetuó en la oposición, salvo un breve período en coalición con el zentrum y los demócratas, bajo la cancillería de Wirth. Los partidos antirrepublicanos (DVP y DNVP) se convierten progresivamente en el los ejes de las coaliciones gobernantes, apoyados por una opinión pública hostil al pago de reparaciones y a las pérdidas territoriales dictadas en el tratado de paz.

Con esta victoria, la derecha no depuso las armas, sino todo lo contrario. Los años 1921 y 1922 se distinguieron por numerosos atentados políticos, destinado a producir un clima de inseguridad. En la extrema derecha se crearon varias organizaciones terroristas (la más conocida fue la OC, Organización Cónsul). Gareis, socialista independiente, diputado del Landtag de Baviera, fue asesinado el 9 de junio de 1921. El 26 de agosto del mismo año fue asesinado Erzberger. Después, Walther Rathenau, el día 24 de junio de 1922.<ref>Díaz Espinosa: 116-121 y Klein: 50-1</ref>

[editar] La hiperinflación

Desde el 23 de noviembre de 1922, el Gobierno estaba presidido por Wilhelm Cuno, del DVP, director de la compañía marítima Hamburg-Amerika, con el SPD nuevamente en la oposición. El nuevo gobierno se encontró con el problema de las reparaciones de guerra. Cuando se produjeron retrasos en las reparaciones, la Francia revanchista de Poincaré tuvo un pretexto para ocupar militarmente el Ruhr en enero de 1923. Impotente y totalmente desbordado por los acontecimientos, el gabinete Cuno desapareció entre la indiferencia general el 12 de agosto. El nuevo canciller, Gustav Stresemann, constituyó un gobierno de unidad (de la SPD a los populares), pero para entonces Alemania ya se había hundido en el abismo.

La hiperinflación alemana ha creado mitos y ha servido como arma arrojadiza en las contiendas políticas, económicas e ideológicas de políticos, economistas e historiadores desde su tiempo hasta la actualidad. Contra lo afirmado en aquel tiempo, la estabilidad monetaria no tiene nada que ver con la balanza de pagos ni con la comercial. No hay más que una cosa que ponga en peligro la estabilidad monetaria: la inflación. El país que no emite cantidades adicionales de papel moneda ni expande el crédito no tiene problemas monetarios. El problema es que la inflación fue la fórmula preferida de financiación del gobierno alemán.

Cuando la Primera Guerra Mundial estalló el 31 de julio de 1914, el Reichsbank suspendió la convertibilidad de la moneda en oro, con lo que pudieron empezar a emitir moneda a su gusto. Al término de la contienda, su financiación había costado al Reich 185.000 millones de marcos, coste que debía duplicarse si se tiene en cuenta que el marco se vendía al término de la contienda a la mitad de su valor anterior. De estos 185.000 millones, ni tan siquiera la quinta parte (38.000 millones) procedía de impuestos, mientras que el 50% (97.000) millones provino de empréstitos, y el 27% (50.000 millones) de bonos del tesoro a corto plazo. En 1918 el Reichbank reconocía una deuda flotante de 49.000 millones (3.000 en 1914), y una acumulada de 96.000, en tanto que la cantidad de dinero en circulación se había incrementado de 2.900 a 18.600 millones. Los instrumentos de financiación a los que había recurrido el régimen imperial habían supuesto, por tanto, un crecimiento del 600% del déficit presupuestario y del 500% de la masa monetaria en circulación. En este sentido, la inflación era menor de lo esperado, ya que la depreciación de la moneda alemana con respecto al dólar entre 1914 y 1919 fue exactamente de la mitad: de la relación 1 dólar: 4,2 marcos, se pasó a 1 dólar: 8,9 marcos en enero de 1919. Los precios habían subido un 140% para diciembre del 18, situación similar a la inglesa.

En lo concerniente a las reparaciones de guerra, tras varias reuniones preeliminares en 1920, la Conferencia de París de 1921 había fijado las mismas en 269.000 millones de marcos-oro, a pagar en 32 anualidades, cifra que fue reducida a 132.000 en la Conferencia de Londres. Independientemente del torpe método seguido para fijarlas, estas sumas eran una pequeñez en comparación con el esfuerzo que soportó la Alemania nazi para rearmarse militarmente. De hecho las reparaciones venían a representar no mucho más allá del 1 ó del 2% del PIB, y en torno a un tercio del déficit y podían haber sido pagadas cómodamente con superavits presupuestarios de una magnitud similar. Las reparaciones suponían en total 8.000 millones de marcos anuales, es decir, menos de la cuarta parte de los gastos bélicos alemanes cada año de la Primera Guerra Mundial.

Cualquier opción de pago iba a perjudicar al contribuyente alemán, pero el resultado de una mayor presión fiscal o el fin de la ruinosa sozialpolitik hubieran sido infinitamente mejores que el desastre provocado por la hiperinflación de 1923. Ni siquiera en el caso de que los alemanes hubieran tenido que hacer esos pagos de sus bolsillos, a través de impuestos, habría ello afectado al nivel de vida de su país. Pero el caso es que ni siquiera lo hicieron, puesto que se pagaron con dinero prestado por los propios Aliados, y que los alemanes jamás devolvieron. Entre septiembre de 1924 y julio de 1931 Alemania pagó, bajo los planes Dawes y Young, 10.821 millones de marcos reparaciones. No volvió a pagar nada más. Por contra, su deuda externa pública y privada importaba aproximadamente en el mismo periodo 20.500 millones de marcos, a los que se pueden añadir unos 5.000 millones de marcos de inversiones extranjeras en Alemania. Más aún: en el mismo periodo Alemania invirtió en el extranjero unos 10.000 millones de marcos, por lo que es evidente que no sufría de falta de capital.

La hiperinflación no fue, pues, resultado de las reparaciones de guerra, sino que la causó la propia República de Weimar con una irresponsable política de incrementar el gasto público y emitir moneda alocadamente. Fue la aplicación práctica de las mismas ideas estatistas que habían engendrado el nacionalismo. Ningún político alemán estaba dispuesto a liberalizar la economía y reducir el gasto público, y mucho menos a asumir el coste político, dada la debilidad de las coaliciones gobernantes. Los partidos inflacionistas sólo querían combatir la indeseable pero inevitable consecuencia de la inflación, es decir, la subida de los precios. Su ignorancia de los problemas económicos les empujaba hacia el control de precios y las restricciones en los cambios de moneda extranjera. Todos los partidos políticos alemanes tuvieron parte de culpa en ella, pues todos se aferraron al error de que la devaluación de la moneda se debía, no a la expansión monetaria y crediticia, sino a la desfavorable balanza de pagos.

Hasta enero de 1922, la moneda alemana se había devaluado hasta 36,7 marcos por dólar, momento en que la inflación tomó proporciones anormales. A principios de 1922 los precios aumentaron aproximadamente un 70 %, lo cual había causado un aumento de salarios (sólo del 60%). En diciembre de 1922 el dólar ya alcanzó el promedio de 7.592 marcos y después de la ocupación del Ruhr en enero de 1923, su caída no tuvo fin. Para entonces la mayoría de la gente había perdido todos sus ahorros, y los contribuyentes se dieron cuenta de que, simplemente con retrasar el pago de sus impuestos, la depreciación del marco los haría desparecer. La Hacienda se hundió, y el gobierno, cada vez con menos ingresos, se financió imprimiendo aún más billetes. El dólar pasó de 17.972 marcos a 350.000 el julio, 1 millón a comienzos agosto, 4 millones a mediados de mes, y 160 millones a fines de septiembre: el derrumbe del marco fue tan absoluto que deja de funcionar como valor de cambio, con el consiguiente colapso de la economía alemana. Para octubre de 1923, el 1% de los ingresos gubernamentales procedían de los cauces habituales, y el 99% de la emisión de nueva moneda. En torno al 15 de noviembre se pagaba la inimaginable cantidad de 4’2 billones de marcos por un único dólar. Fue en ese momento cuando Hjalmar Schacht puso en vigor el Rentenmark, una moneda para uso interno respaldada por la riqueza económica del país. Algún tiempo después se creó el nuevo Reichsmark, que sustituyó a las viejas monedas a partir del 11 de octubre de 1924. Los antiguos billetes fueron puestos fuera de circulación el 5 de junio de 1925.

Pese a que el “milagro del Rentenmark” resolvió el problema de la hiperinflación y permitió estabilizar la economía, sus devastadores consecuencias siguieron siendo las mismas. Las diferencias sociales se acentuaron enormemente, y, como de costumbre, los más ricos no sólo no se vieron perjudicados por la hiperinflación, sino que salieron beneficiados. Las grandes empresas pudieron así librarse de sus deudas, reducidas a cero, muy rápidamente. Algunos grandes industriales, gracias a esto, pudieron multiplicar por diez su fortuna: el ejemplo típico es Hugo Stinnes, el llamado "nuevo Kaiser", que creó un inmenso trust industrial adquiriendo empresas arruinadas a precios bajos, gracias a préstamos que devolvió al cabo con marcos sin valor alguno. El poder económico salió fortalecido de la inflación, y ésta es la diferencia fundamental entre la crisis de 1923 y la que llevó a Hitler al poder a comienzos de los 30.

La clase media, en especial los rentistas, quedaron arruinados mucho antes de que la inflación adquiriera proporciones delirantes. Las personas honradas y trabajadoras que ahorraron su dinero, lo perdieron todo. Gente que derrochó su dinero en comprar inmuebles y bienes tangibles, la gente que más se endeudó, que más pidió prestado, se había hecho todavía más rica. Para el alemán medio era el mundo al revés: las personas que siguieron las normas se vieron estafadas y traicionadas, mientras que quienes las violaron se enriquecieron. Además, unida a la pérdida absoluta del valor del dinero, se produjo un alza disparatada de los precios. La hiperinflación de 1923 acabó con la sociedad alemana de preguerra. La reducción del gasto público y las prestaciones sociales para equilibrar presupuestos llegaban en el momento en que eran más necesarios, después de que la ineptitud o la mala fe de la clase política llevaran a gran parte de la población a la ruina. Deprimidos y desengañados con el republicanismo, su clase política y el capitalismo, el pueblo empezó a dar crédito a las nuevas alternativas, como el nazismo.

Ante la miseria, el hambre y la falta de atención sanitaria, el ocio se convirtió en un medio de evasión de masas, lo que creó una poderosa industria del ocio (unterhaltungsindustrief) en torno a la prensa, la radio y, sobre todo, el cine, en una verdadera ola de americanización y escapismo social. Es la época de esplendor de teatros, clubs nocturnos y cabarets, el Berlín de Otto Dix y Bertol Brecht, un momento de excepcional riqueza intelectual y artística, con el auge de las vanguardias. Pero pronto el ocio y el entretenimiento se pusieron al servicio de las ideologías, como medios de educación de masas.<ref>Para lo relacionado con las reparaciones de guerra, Díaz Espinosa: 168-96 y 301-23, Keynes: 75-146, Klein: 55-7 y Mises 2002: 305-9.</ref>

La consecuencia fue la llegada al poder del partido Nazi en 1933, que no tardó en abolir la democracia y dio fin a este periodo histórico.

[editar] Referencias

[editar] Notas

<references/>

[editar] Bibliografía

  • Ambrosius, Gerold y Hubbard, William. Historia social y económica de Europa en el siglo XX. Alianza, Madrid, 1992. ISBN 84-206-2711-9
  • Díez Espinosa, José Ramón. Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión. UVA, Valladolid, 1994. ISBN 84-7762-607-3
  • Ferro, Marc. La Gran Guerra (1914-1918). Alianza, Madrid, 1998. ISBN 84-206-7927-5
  • Haffner, Sebastián. La revolución alemana de 1918-1919. Inédita, Barcelona, 2005. ISBN 84-96364-17-8
  • Hayek, Friedrich A. von. El nacionalismo monetario y la estabilidad internacional. Aosta, Madrid, 1996. ISBN 84-88203-01-2
  • Hobsbawm, Eric J. Historia del siglo XX (1914-1991). Crítica, Barcelona, 1995. ISBN 84-8432-042-1
  • Klein, Claude. De los espartaquistas al nazismo: La república de Weimar. Sarpe, Madrid, 1985. ISBN 84-7291-938-2
  • Kühnl, Reinhard. La República de Weimar: establecimiento, estructuras y destrucción de una democracia. Alfons el Magnànim, Valencia, 1991. ISBN 84-7822-028-3
  • Keynes, John Maynard. Las consecuencias económicas de la paz. Crítica, Barcelona, 2002. ISBN 84-8432-354-4
  • Mises, Ludwig von. Gobierno omnipotente: en nombre del Estado. Unión, Madrid, 2002. ISBN 84-7209-377-8
  • Mises, Ludwig von. El socialismo: análisis económico y sociológico. Unión, Madrid, 2003. ISBN 84-7209-385-9


[editar] Véase también

[editar] Enlaces externos




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