Edad Contemporánea
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| Predecesor: Edad Moderna | Edad Contemporánea 1789-mañana | Sucesor: El futuro |
[editar] Modernidad: Ruptura y continuidad.
La Edad Contemporánea es una división reciente de la historia, ya que es el cuarto segmento de la vieja clasificación de Cristóbal Celarius en Antigüedad, Edad Media y Edad Moderna. De hecho, lo que para los historiadores de tradición latina es la "Edad Contemporánea" o "Epoca Contemporánea", para los historiadores anglosajones es la "Late Modern Times" ("Edad Moderna Tardía" o "Edad Moderna Posterior"), en contraste con los Tiempos Modernos o "Early Modern Times" ("Edad Moderna Temprana" o "Edad Moderna Anterior"). Así pues, es legítimo preguntarse qué tanto de continuismo y qué tanto de ruptura hubo entre la Edad Contemporánea, y el período inmediatamente anterior, los Tiempos Modernos.
Si se acepta que la Modernidad en cuanto tal implica el desarrollo de una cosmovisión con rasgos bien característicos (confianza en el ser humano por sobre lo divino, idea de progreso social, énfasis en la libertad individual, valoración del conocimiento y la investigación científicas, etcétera), entonces es claro que la Edad Contemporánea es una continuación casi en toda regla respecto de todas estas cosas, que surgieron durante el Renacimiento y la Reforma Protestante, e incluso puede hablarse sin inconvenientes de una exacerbación de esta cosmovisión respecto del período precedente. En efecto, durante este tiempo, la confianza en el ser humano y en el progreso científico se manifestó en una ideología muy característica, el positivismo, que encontró su reflejo político en el liberalismo y en el secularismo, y religioso en el agnosticismo; llevado a su extremo, permitió el desarrollo del darwinismo social. A su vez, la doctrina de los derechos humanos, desarrollada durante la Ilustración, se plasmó para dar forma a la democracia occidental que regiría durante los siglos XIX y XX.
Pero por otra parte, durante la Edad Contemporánea se desarrolló también un discurso correlativo que pone un fuerte énfasis en la llamada crítica de la Modernidad, y que en su vertiente más radical desemboca en el nihilismo. Es posible seguir el hilo de esta crítica de la Modernidad en el Romanticismo y su utopía de reencontrarse con las raíces históricas de los pueblos, o en la filosofía de Arthur Schopenhauer o más modernamente del Existencialismo, o en ideologías políticas como el comunismo, o en estilos artísticos como el teatro del absurdo, o en concepciones teóricas como el Postmodernismo, por mencionar tan solo algunos ejemplos puntuales. Pero por otra parte, la idea de reemplazar al ideal ilustrado de progreso y confianza optimista en las capacidades del ser humano, es en sí misma una noción progresista y de confianza en la capacidad del ser humano que efectúa esa crítica, por lo que esas "superaciones de la Modernidad" muchas veces son vistas a posteriori como nuevas variantes del discurso moderno.<ref> Una visión irónica de la "crítica de la Modernidad", aplicada al ámbito filosófico, puede encontrarse en Matthew Stewart, "La verdad sobre todo, una irreverente historia de la filosofía con ilustraciones", Editorial Punto de Lectura, Madrid, Febrero de 2002, ISBN 84-663-0581-5, Páginas 609-611.</ref>
En el plano sociopolítico, por su parte, puede cuestionarse si la Edad Contemporánea es una superación de las fuerzas rectoras de la Modernidad. Durante los Tiempos Modernos, enunciado de manera un poco esquemática pero pedagógica, las fuerzas principales que impulsaron a la sociedad fueron la burguesía como grupo social pujante, el capitalismo como sistema económico, y el Estado nacional como agrupación política. En el siglo XIX, estos tres elementos confluyeron para conformar el clásico estado liberal decimonónico, regido por una minoría burguesa asentada sobre una gran masa de proletarios, empecinada en la acumulación de capital, dentro de las fronteras de sendos Estados nacionales. Sin embargo, en el siglo XX, esta triple identidad se fue trizando. Por una parte, el surgimiento de una poderosa clase media, en particular gracias al desarrollo del estado del bienestar, tendió a limar la distancia entre la burguesía y el proletariado. Por la otra, el capitalismo fue duramente combatido, aunque con éxito bastante limitado, por ideologías inspiradas en el marxismo, desde el comunismo más radical hasta las variantes más moderadas de socialismo; en el siglo XX, en el campo científico, los presupuestos del capitalismo fueron puestos a prueba por el desarrollo de la moderna Teoría de Juegos, que en muchos aspectos enmendó la plana a los planteamientos económicos clásicos de Adam Smith. En cuanto a los Estados nacionales, si bien numerosos pueblos y naciones del globo terminaron por convertirse en sendos Estados durante los siglos XIX y XX, éstos no siempre resultaron viables, y una cantidad numerosa de ellos terminaron degenerando en terribles conflictos civiles, religiosos o tribales, en particular cuando las fronteras se fijaron siguiendo los límites geográficos de los imperios coloniales en desintegración, que a su vez habían sido delimitados con criterios bien distintos al interés de las naciones sometidas a dichos imperios; por otra parte, los estados nacionales se transformaron, después de la Segunda Guerra Mundial, en actores cada vez menos relevantes en el mapa político, debido a la hegemonía impuesta por los Estados Unidos y la Unión Soviética sobre ellos. De este modo, si bien las fuerzas principales que gobernaron a la sociedad durante la Edad Moderna (burguesía, capitalismo, Estado nacional) se mantuvieron durante la Edad Contemporánea, evolucionaron de maneras impredecibles, y desde luego de un modo que los inventores y autores de tales formas de manejar la sociedad jamás hubieran previsto como posibles.
[editar] Revoluciones liberales.
[editar] Maquinismo e industrialismo.
Uno de los pilares de la sociedad contemporánea, en relación a todos los períodos históricos precedentes, es el proceso de industrialización acelerada que se vivió desde la Revolución Industrial en adelante. Esta se vivió en fechas distintas según el lugar y las influencias: segunda mitad del siglo XVIII (Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial), primera mitad del XIX (Europa), segunda mitad del XIX (Estados Unidos, Rusia y Latinoamérica), primera mitad del XX (Japón), segunda mitad del XX (naciones africanas).
Con anterioridad, las sociedades agrarias que habían devenido en mercantiles gracias al intercambio comercial, seguían elaborando productos de manera artesanal, y por lo tanto, con bajas cuotas y altos costes de producción. La maquinización de muchos procesos que hasta entonces habían sido efectuados manualmente, permitió la elaboración de éstos en serie, lo que trajo varias consecuencias. En primer lugar, los costos de producción disminuyeron ostensiblemente, en parte porque al fabricarse de manera más rápida se invertía menos tiempo en su elaboración, y en parte porque las propias materias primas, al ser también explotadas por medios industriales, bajaron su coste. En segundo lugar, se produjo la estandarización de la producción, de modo que los pocos productos antiguos y exclusivos fueron reemplazados por muchos productos nuevos, pero todos iguales unos a otros. En tercer lugar, las sociedades industrializadas pudieron prescindir de mano de obra calificada, contratando a obreros menos preparados y despidiendo a vastas cantidades de ellos, con el consiguiente problema social que implicaban las crecientes masas de desocupados y parados, la precarización del empleo, y la brutal desigualdad entre bajos salarios y altas exigencias laborales. En cuarto lugar, la disminución del costo de formar a obreros y artesanos liberó recursos para que sectores crecientes de la población pudieran acceder a una mejor educación, generando así una clase media que, con mayor o menor fortuna, consiguió ser un colchón entre los inmensamente ricos y los inmensamente pobres.
La Revolución Industrial se originó en Inglaterra. Varios factores influyeron en esto. Por una parte, Inglaterra era uno de los países con mayor disponibilidad de carbón, mineral indispensable para alimentar la máquina de vapor (debido a tener un poder calorífico mayor que la madera, el otro combustible tradicional), que fue el gran motor de la Revolución Industrial temprana. Por otra, la sociedad inglesa había atravesado una serie de guerras civiles en el siglo XVII, que derivaron en el reemplazo del Absolutismo por una monarquía parlamentaria que daba garantías para el emprendimiento individual. Síntoma importante de esto es el enorme desarrollo que en Inglaterra tenía el sistema de patentes industriales. Además, durante el siglo XVIII se construyó Inglaterra un gran imperio colonial que, a pesar de la pérdida de las Trece Colonias, emancipadas en la guerra de 1776 a 1781 (ver independencia de Estados Unidos), tenía a su disposición los riquísimos territorios de la India, entre otros, los cuales eran una fuente importante de materias primas para su industria. De ahí la facilidad con la cual Inglaterra pudo industrializarse, a finales del siglo XVIII.
Ya a finales del siglo XVII habían experimentos con calderas de vapor, y Thomas Newcomen había desarrollado en 1705 una máquina de vapor que mejoraba el trabajo en las minas. Pero fue en 1782 cuando James Watt incorporó un sistema de retroalimentación en la máquina de Newcomen, volviéndola así mucho más eficiente. El invento de Watt daría la vuelta al globo, y sería el primer salto hacia la industrialización. En paralelo, se desarrollaron nuevas técnicas agrarias, en lo que se denominó la revolución agrícola, y que permitió mejorar el rendimiento agrícola y ganadero; al mismo tiempo, inventos como la lanzadera volante y otros permitieron mecanizar el trabajo textil (revolución textil), poniendo a la industria textil inglesa a la cabeza de la producción mundial de telas.
Estas novedades no siempre fueron bien acogidas por la población. Entre la gente cundió el miedo a que las máquinas algún día reemplazarían por completo el esfuerzo humano, y de esta manera se terminaran las fuentes de trabajo. El miedo a la cesantía y al paro forzoso llevó a muchos obreros a revolverse, crear disturbios, y arrasar con las industrias que habían incorporado máquinas. Si bien por una parte disminuyeron los puestos de trabajo, la consecuencia más nefasta fue la rebaja en el nivel salarial, y por tanto, se abrieron las puertas a horarios de trabajos infames y al pauperismo.
[editar] Revoluciones políticas liberales.
[editar] Contexto.
En paralelo a la Revolución Industrial, el poder económico creciente de la burguesía chocaba con los privilegios de los dos estamentos sociales que conservaban sus prerrogativas desde la Edad Media, que eran el clero y la nobleza. Ya a finales del siglo XVII, los monarcas absolutos habían empezado a prescindir de los aristócratas para el gobierno, llamando como ministros a gentes de la burguesía, como por ejemplo Jean-Baptiste Colbert, el ministro de finanzas de Luis XIV. De esta manera, los burgueses fueron cobrando conciencia de su propio poder. En el siglo XVIII abrazaron los ideales de la Ilustración. En respuesta, los monarcas absolutos adoptaron algunas ideas ilustradas, creando así el despotismo ilustrado, el cual a la larga se reveló como insuficiente para satisfacer las aspiraciones burguesas, que se inclinaban con fuerza cada vez mayor hacia un gobierno constitucional. Finalmente, ante la resistencia de la nobleza, el descontento de la burguesía estalló en forma de rebeliones populares contra los privilegiados. En las colonias con una burguesía ascendente, esto se manifestó en guerras de independencia, mientras que en las metrópolis, esto produjo movimientos revolucionarios.
[editar] Independencia de Estados Unidos.
Los ingleses se habían instalado en Norteamérica desde el siglo XVII, dando lugar así a las Trece Colonias. Durante la gran guerra colonial que los ingleses emprendieron con los franceses (1756-1763), y que fue correlato americano de la Guerra de los Siete Años europea, los colonos estadounidenses cobraron conciencia de su propio poder. En los años siguientes, la metrópolis inglesa se condujo con poco tacto con las colonias, y tras el enfriamiento progresivo de relaciones, los colonos y los "casacas rojas", como se llamaba a las tropas inglesas por el color de su uniforme, tuvieron las primeras refriegas. En 1776, en un "congreso continental" reunido en la ciudad de Filadelfia, las Trece Colonias proclamaron la independencia. La guerra, liderada por George Washington por el lado colonial, terminó con la completa derrota de los ingleses en la Batalla de Yorktown (1781), y la posterior admisión de la independencia (1783). Durante algunos años hubo dudas sobre si las Trece Colonias seguirían su camino como otras tantas naciones independientes, o si se unirían en una única nación. En un nuevo congreso celebrado otra vez en Filadelfia, el año 1787, acordaron finalmente una solución intermedia, conformando un estado federal con una compleja repartición de funciones entre la Federación y los Estados miembros, todo ello bajo el mandato de una única carta fundamental, la Constitución de 1787, la primera escrita en el mundo. La Federación, conocida como los Estados Unidos, se inspiró para su creación y para la redacción de su carta magna, en los principios fundamentales promovidos por la Ilustración, incluyendo el respeto a los derechos humanos, el individualismo, la democracia, etcétera, transformándose así en un ejemplo a seguir por los burgueses de otras latitudes, que encontraron aquí inspiración para los siguientes movimientos revolucionarios que vendrían.
[editar] Revolución Francesa e Imperio Napoleónico.
Francia había apoyado activamente a las Trece Colonias contra su enemigo de siempre, Inglaterra, y había enviado tropas a cargo del Marqués de LaFayette para prestarles apoyo militar. Pero esto le costó caro a la monarquía francesa, y no sólo en términos monetarios. El gobierno de Luis XVI, bienintencionado, pero no demasiado competente, era enormemente impopular, y una serie de crisis económicas llevaron a la monarquía al borde del desastre, mientras que el pueblo y la burguesía pedía, como remedio para los males económicos, que tanto el clero como la nobleza pagaran impuestos, como el resto de los súbditos de la corona francesa. Ante la crisis, Luis XVI convocó a los Estados Generales, pero una vez reunidos, los diputados de la nobleza, el clero y los estamentos no privilegiados (el llamado "Tercer Estado") no pudieron ponerse de acuerdo sobre el sistema de votación (por clase favorecía a la nobleza y al clero, mientras que por diputado favorecía al Tercer Estado). Finalmente, el Tercer Estado se separó para formar su propia Asamblea Nacional. El 14 de julio de 1789, la situación se escapó de todo control, cuando el pueblo en un movimiento espontáneo y popular, tomó la fortaleza de La Bastilla, símbolo de la autoridad real. El rey, sorprendido por los acontecimientos, pareció hacerles conceciones a los revolucionarios por un tiempo (éstos no querían, en principio, derrocarle, sino tan solo obligarle a aceptar una constitución), pero luego de un intento de fuga en 1791, fue prácticamente un prisionero de los representantes del Tercer Estado. La Constitución de 1791 tenía forma monárquica, pero en el fondo confería el poder a una Asamblea Legislativa, que gobernó a su amaño contra la nobleza y el clero. En 1792 Francia fue envuelta en guerra contra otras potencias vecinas (Austria y Prusia), decididas a aplastar el movimiento revolucionario antes de que el ejemplo se contagiase a sus territorios. Todo terminó en una degollina generalizada, el llamado Terror, que duró entre 1793 y 1795, y en el cual los restos de la aristocracia y el clero fueron barridos casi por completo (exiliados o ejecutados), así como el rey, para dar paso a un nuevo régimen político, el Directorio (1795-1799).
En medio de estos eventos hizo carrera un militar llamado Napoleón Bonaparte, que ganó popularidad como general victorioso en Italia y Egipto. En 1799 se sumó al golpe de estado que derribó al Directorio y proclamó el Consulado. En 1804, Napoleón se proclamó Emperador de Francia. Siguieron once años de guerras contra otras potencias europeas, hasta su exilio definitivo en Santa Elena (1815). A su caída, el Imperio Napoleónico se disolvió. Sin embargo, Napoleón dejó otro importante legado, su Código Napoleónico, que fue asumido como ejemplo e inspiración por muchas otras repúblicas diseminadas por el planeta, y que contribuyó a propagar los ideales revolucionarios.
Después de 1815, Francia volvió a ser una monarquía absoluta, abonando así el terreno para nuevos movimientos revolucionarios, también de corte liberal, en 1830 y 1848.
[editar] Independencia de Latinoamérica.
En América, sometida desde el siglo XVI al dominio colonial español, se había formado durante el XVIII una próspera clase mercantil, que veía con malos ojos los intentos de la metrópoli por mantenerlos sometidos a numerosas trabas administrativas, legales, burocráticas o mercantiles, bien sea por mala fe, bien sea por miedo al poder que los burgueses pudieran desarrollar, bien sea por hacer la guerra económica a otras naciones europeas impidiéndoles comerciar con América, o bien sea por simple inepcia. El caso es que numerosos burgueses americanos, los criollos, buscaban no emanciparse, pero sí cambiar las relaciones entre la metrópoli y las colonias; sólo algunos exaltados operando en la sombra, la mayor parte de ellos agrupados en logias masónicas como la Logia Lautarina, buscaban verdaderamente la independencia.
La oportunidad vino con el cautiverio de Fernando VII de España, a manos de la invasión napoleónica. Napoleón Bonaparte envió emisarios a América para exigirles su fidelidad, pero los criollos, quizás espoleados por el fracaso de Napoleón en retener la Luisiana (vendida a Estados Unidos en 1803), se negaron a someterse, y para preservar el poder de Fernando VII, se abocaron al movimiento juntista, preservando su poder en Juntas de Gobierno convocadas en cada capital de gobernación o virreinato, pero a un tiempo aprovechando la ocasión para introducir reformas económicas, incluyendo la libertad de comercio o la libertad de vientres. Todo esto fue mal visto por los elementos más fidelistas, quienes hicieron la guerra a los juntistas, a veces abiertamente y por mano militar. Tampoco le agradó este estado de cosas a Fernando VII, quien salió del cautiverio en 1814 y apoyó una serie de acciones militares para abatir a las colonias, cada vez más emancipadas. Los patriotas, ahora resueltos no a obtener beneficios sino a emanciparse derechamente, formaron sendos ejércitos, y en campañas militares de varios años, consiguieron libertar América: José de San Martín invadió Chile desde Argentina (1817), y luego saltó desde ahí al Perú, con el apoyo del gobierno de Bernardo O'Higgins (1822), mientras que Simón Bolívar emprendió una marcha triunfal por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, hasta que uno de sus lugartenientes, el Mariscal José de Sucre, venciendo en la Batalla de Ayacucho (1824), derrotó al último bastión realista. Paralelamente, en México, hubo un movimiento revolucionario propio, que llevó a la proclamación de la independencia por Agustín de Iturbide, quien casi de inmediato se proclamó Emperador de México.
A pesar de los ideales panamericanos de Simón Bolívar, que aspiraba a reunir a todas las repúblicas, a semejanza de las Trece Colonias, éstas no sólo no se reunieron, sino que siguieron disgregándose. La Gran Colombia duró hasta 1830 y se escindió en Ecuador, Colombia y Venezuela; por su parte Uruguay se independizó de Argentina en 1828; y un intento por crear una Confederación Perú-Boliviana terminó con su derrota militar a manos de las tropas chilenas, en 1839.
[editar] Otros movimientos revolucionarios.
Estos no fueron los únicos movimientos revolucionarios, aunque sí fueron los más importantes. En algunas ciudades autónomas de Europa (Lieja en 1791, por ejemplo) hubo varias insurrecciones que siguieron el modelo revolucionario francés, con mayor o menor éxito. El conato revolucionario europeo que tuvo mayor éxito, fue la sublevación de los griegos, que se emanciparon del Imperio Otomano en 1823. Fuera del mundo occidental, aunque no puede hablarse de movimientos revolucionarios propiamente tales en el sentido que hemos reseñado, sí es claro que los distintos movimientos occidentalizadores (Era Meiji en Japón, abolición del Imperio Manchú en China, etcétera), se inspiraron para crear naciones "modernas" y "occidentales", en los llamados ideales de 1789.
[editar] Reacción contra la Ilustración: el Romanticismo.
Todos estos movimientos revolucionarios encontraron concreción intelectual en el Romanticismo. Los antecedentes del mismo se encuentran ya en la segunda mitad del siglo XVIII, con obras literarias como Las desventuras del joven Werther de Goethe, o la novela gótica de Horace Walpole y sus epígonos. Sin embargo, en la época predominaba el espíritu del Neoclasicismo. De hecho, aunque suele verse al Romanticismo como una reacción contra el Neoclasicismo, la verdad es que entre uno y otro movimiento se produjo una transición bastante pausada, hasta el punto que hay quien afirma, quizás de manera un tanto extrema, que son dos fases de un mismo movimiento intelectual.<ref> Para la compleja relación entre universalismo, irracionalismo, neoclasicismo y romanticismo, véase la introducción que Peter Pütz escribe ("Historia del pensamiento en la Edad Moderna, desde el Renacimiento hasta el Romanticismo") en el libro "Neoclasicismo y romanticismo. Arquitectura, Escultura, Pintura, Dibujo. 1750-1848", editado por Rolf Toman, Editorial Könemann, ISBN 3-8290-1572-0, impreso en Alemania, Año 2000, Páginas 6-13.</ref> Por lo pronto, es sintomático que la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico, movimientos ambos de rebelión contra el Antiguo Régimen, estén asociados artísticamente no con el Romanticismo que por entonces nacía, sino con el Neoclasicismo, y que el gran pintor de escenas revolucionarias sea el neoclásico Jacques-Louis David.
El Romanticismo se caracteriza por conferirle la máxima importancia al sentimiento, incluso la pasión, por sobre el racionalismo. También prestaba suma atención a las peculiaridades y particularidades de cada pueblo o nación, desembocando así en un fuerte nacionalismo. Este énfasis doble confluyó en una sostenida investigación de las raíces de cada pueblo y nación, en la búsqueda de lo que los alemanes llamarían el Volkgeist o "Espíritu del Pueblo". En ese sentido, se opone decididamente a la Ilustración, que confería un énfasis supremo a la Razón, y que por lo mismo, aspiraba a un carácter universalista o ecuménico.
El Romanticismo encontró su más fuerte expresión en el arte romántico. La Literatura romántica se llenó de tipos literarios atormentados y zaheridos por las pasiones, en lucha constante contra una sociedad que se niega a darle libertad al individuo. En Inglaterra destacan entre otros Lord Byron, Percy Shelley y Mary Shelley, quienes vivieron vidas tempestuosas y murieron jóvenes. En Italia se alza la figura de Alessandro Manzoni. En España, el Romanticismo se plasma en José Zorilla, quien con su Don Juan Tenorio replantea el mito barroco que plasmara Pedro Calderón de la Barca en El burlador de Sevilla. En Estados Unidos emerge la figura de Edgar Allan Poe. Este Romanticismo literario fue muy combatido inicialmente, en parte por su postura transgresora, y en parte por la actitud desenfadada y anticonvencional de sus representantes, quienes llevaron vidas escandalosas para la época. El enfrentamiento definitivo se produjo en 1830, cuando un joven Víctor Hugo estrenó su obra teatral Hernani, desatando una verdadera batalla campal entre los románticos y los acostumbrados al teatro neoclásico. A partir de este evento, conocido informalmente como la batalla de Hernani, el Romanticismo literario se impuso plenamente en Francia. Una importante veta del Romanticismo fue la exploración de las antiguas tradiciones populares, que llevaron a obras como las recopilaciones de cuentos de los Hermanos Grimm, o a la redacción de una versión definitiva del ciclo mitológico de Finlandia en el moderno Kalevala.
También hubo una importante Pintura romántica, que se abrió paso con enormes contratiempos. En su época, la pintura La balsa de la Medusa (1822), resultó enormemente escandalosa, debido no sólo a su técnica, sino también porque fue interpretada como una metáfora de Francia hundiéndose bajo el gobierno de Carlos X. Quizás la pintura romántica más significativa sea La libertad conduciendo al pueblo, de Eugenio Delacroix. También el Romanticismo alcanzó a la Música, a partir de las últimas obras de Beethoven. Los músicos románticos, como Héctor Berlioz, Giuseppe Verdi, Nicolás Paganini, Federico Chopin o Robert Schumann, quebraron la rígida tradición clásica, dándose mayores libertades compositivas y acentuando los efectos musicales por sobre la forma.
Pero no se agota allí el espíritu romántico. En el Derecho encontró lugar en las tesis de Savigny, cabeza de la Escuela histórica del derecho, quien propugnaba la necesidad de encontrar el verdadero Derecho Alemán, expurgando el a su juicio extranjero e intruso Derecho Romano. Y en Filosofía, con su reacción frente al criticismo racionalista de Inmanuel Kant, el idealismo de Friedrich Hegel es su máxima plasmación.
El Romanticismo terminaría alcanzando su triunfo pleno y aceptación hacia la década de 1840. A partir de entonces iniciaría un largo declive. Quizás el último literato romántico sea Gustavo Adolfo Bécquer, fallecido en 1870. Y el último músico que puede ser considerado como un romántico, Piotr Ilich Tchaikovski, vino a fallecer recién en 1891.
[editar] La Europa imperialista y el resto del mundo.
[editar] El Congreso de Viena y el nuevo orden europeo.
Culminadas las Guerras Napoleónicas por el exilio de Napoleón Bonaparte en 1815, representantes plenipotenciarios de las grandes naciones europeas se reunieron en la ciudad de Viena para debatir el futuro de Europa. Del llamado Congreso de Viena, celebrado ese mismo 1815, emergió un nuevo orden internacional que, con algunas variaciones significativas en el tiempo, regiría a Europa en principio hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914.
El Congreso de Viena, como reacción ante los ideales de la Ilustración y la Revolución Francesa, pero viéndose imposibilitada de regresar a una concepción política basada en la monarquía de derecho divino, optó por el principio de legitimidad dinástica. Se aseguró así la posición de cada gran monarquía europea (Inglaterra, Francia, España, Austria, Prusia y Rusia), a despecho de las reclamaciones nacionales de las naciones que no habían conseguido reunirse en Estados. Las más significativas de estas reclamaciones desatendidas fueron las de Alemania e Italia, que finalmente afrontarían sus propios procesos de unificación entre 1859 y 1871. De hecho, componente importante de la gran Revolución de 1848 fue, en las naciones sin Estado, el intento por independizarse o unificarse de alguna gran monarquía preexistente que los sojuzgaba de acuerdo al orden internacional anterior a 1789. Por su parte, las monarquías europeas prosiguieron la política de alianzas y contraalianzas propia del siglo XVIII, llevada a su paroxismo por Otto von Bismarck y su compleja red diplomática (Bismarck fue canciller de Alemania entre 1871 y 1890). Para obrar como policía de intervención y salvaguardar el orden de Viena, el Zar Alejandro I de Rusia propuso la creación de la Santa Liga, la cual mantuvo cierta actividad en la década de 1820, reprimiendo alzamientos liberales como la sublevación de Riego en España (1823), pero que después de la Revolución de 1830 dejó de desempeñar un papel de verdadera significación en la política europea.
Siendo Francia la nación europea en donde se había iniciado la tradición republicana moderna, con la Revolución Francesa, es lógico que se pusiera a la cabeza de los movimientos revolucionarios, lo cual dio lugar al aforismo de que "cuando Francia estornuda, todos los demás se resfrían". En Francia se libró lo más crudo de la Revolución de 1830, y la subsiguiente Revolución de 1848 fue aún mucho más dura. Hubo también levantamientos nacionales localizados. En 1867, después de la estruendosa derrota del Imperio Austríaco frente a Prusia, los húngaros se sublevaron contra Austria y la pusieron en situación de tal aprieto, que el Emperador debió acceder a darle estatus especial a sus reclamaciones, conformando así la doble monarquía conocida como Imperio Austro-Húngaro. En 1864, Otto von Bismarck inició la serie de guerras que llevarían a la unificación alemana, y que culminarían con su triunfo en la Guerra Franco-Prusiana, y la proclamación del Segundo Reich. Algo antes, en 1859, se había iniciado por iniciativa del Conde de Cavour, la unificación italiana, culminada en 1864. Aún así, Roma, hasta entonces en manos del Papa y sostenida por Napoleón III de Francia (1852-1870), no sería anexada sino hasta la caída de éste, convirtiendo al Papa Pío IX en el "prisionero del Vaticano" y generando una situación incómoda para la Iglesia Católica, que sólo se resolvería con el Tratado de Letrán, en 1929.
[editar] La cuestión social y los socialismos.
[editar] Explotación industrial y pauperismo.
La combinación de la Revolución Industrial con los ideales democráticos de la Revolución Francesa produjeron mortíferos efectos sociales. En su campaña por acabar con los privilegios, los revolucionarios promovieron el principio de libertad contractual, y acabaron con los restos de los gremios, organizaciones sociales del trabajo que databan de la Edad Media. La consecuencia es que los trabajadores perdieron poder negociador, al no ser protegidos jurídicamente los contratos de trabajo, y por ende, el trabajo en sí se hizo mucho más precario. Surgió de esta manera el fantasma del pauperismo, la extrema pobreza. Además, la mejora en la explotación agrícola llevó a que muchos campesinos abandonaran el campo y buscara su futuro en la ciudad, enrolándose en las filas de los obreros, agudizando así la crisis entre unos pocos que empezaron a concentrar los medios de producción, y una vasta mayoría que trabajaba jornadas laborales de 14 o 16 horas diarias, sin descanso semanal, por salarios de hambre y miseria. Estas durísimas condiciones laborales fueron retratadas en varias novelas de la época, como por ejemplo Los miserables de Víctor Hugo, o Oliver Twist de Charles Dickens.
Uno de los efectos colaterales de estos cambios sociales, es el incremento de la emigración. Campesinos arruinados y obreros sin nada que perder, decidieron abandonar Europa y tentar suerte en otras naciones. Una de las mayores emigraciones nacionales se produjo después de la gran hambruna en Irlanda de 1847, que llevó a numerosos irlandeses a cruzar el Océano Atlántico e instalarse en los Estados Unidos. Algo después, por mencionar otro ejemplo, el agente chileno Vicente Pérez Rosales reclutó a un buen contingente de alemanes para instalarlos en el sur de Chile, en calidad de colonos.
Pero la mayor parte de los obreros no podía, o simplemente no quería, marcharse a tentar suerte en otro lugar. Las grandes revoluciones (la Revolución de 1830 o la Revolución de 1848) tuvieron un fuerte componente social, en particular en Francia, y los dirigentes defensores de los intereses de los obreros tuvieron destacada participación (si bien, a la larga, la Revolución de 1848 terminó decantándose en el Segundo Imperio de Napoleón III).
[editar] Socialismo y anarquismo.
A nivel doctrinal, surgieron varias ideologías que tendían a responder al Liberalismo, a cuya exagerada aplicación hacían responsable de la grave crisis social.
Una de estas respuestas fue el anarquismo (del griego, "sin gobierno"). Los anarquistas predicaron que las reglas sociales en sí eran nefastas, y que debían ser abolidas por completo, en particular el Estado, para derivar a una sociedad en donde los seres humanos se regularan a sí mismos por la vía de contratos enteramente privados. Se dividió en dos vertientes. Una de ellas, de índole pacifista, encarnada entre otros por León Tolstoi, sostenía que debía llegarse a esa sociedad anarquista por medios no violentos, e intentaron crear comunidades que fueran ejemplares de este modelo de sociedad. Otra vertiente, la violenta, preconizada por Mikhail Bakunin, sostuvo que los gobiernos debían ser derribados por la fuerza, y por tanto hicieron del terrorismo y los atentados un método de lucha contra la opresión de los gobiernos, teniendo destacada participación en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX.
Otra vertiente de pensamiento, algo más elaborada, fue el grueso tronco de los socialismos. A comienzos del siglo XIX, una serie de pensadores planificaron utopías sociales en las cuales se redistribuían los bienes para evitar la crisis social. Algo después llegó Karl Marx, quien los calificó despectivamente de socialistas utópicos, por sostener que sus modelos no eran sostenibles en la realidad, en contraposición a sus propias ideas, a las que calificó de socialismo científico. El marxismo, muy inspirado en el pensamiento de Friedrich Hegel, preconizaba la lucha entre los dueños del capital (la burguesía) y los trabajadores, debiendo imponer los segundos una dictadura del proletariado, como fase previa a la abolición completa del Estado, expresando estas ideas en su obra clave, El capital.
Marx no se conformó con ser un simple pensador, sino que pasó a la acción. Durante la Revolución de 1848 lanzó su Manifiesto comunista, con la célebre frase "¡Trabajadores del mundo, uníos!". Luego del fracaso de 1848, participó en las actividades de formación de la Primera Internacional, en colaboración con el ya mencionado Bakunin, del cual finalmente terminaría por separarse, debido a sus discrepancias ideológicas y políticas.
Aunque repudiadas en su forma pura, las ideas socialistas fueron adaptadas con posterioridad por numerosos actores políticos. En Alemania, como respuesta al régimen de Otto von Bismarck, surgió un Socialismo alemán que se encauzó dentro de las vías partidistas. En Inglaterra, los simpatizantes del socialismo decidieron proceder con moderación, y arribaron así al Socialismo fabiano; la Sociedad Fabiana terminaría transformándose, con el tiempo, en la semilla del futuro Partido Laborista de Inglaterra. Incluso la Iglesia Católica, inicialmente reluctante a las ideas socialistas, hizo una mixtura entre éstas y el cristianismo desde la Rerum Novarum, encíclica que el Papa León XIII promulgó en 1891, y que es la piedra basal de la llamada Doctrina social de la Iglesia.
[editar] Leyes sociales.
La enorme presión social acumulada llevó a los políticos más perspicaces a la dictación de leyes que protegieran a los trabajadores. Se prohibió, o al menos se limitó, el trabajo infantil, mientras que se tomaron resguardos para el trabajo de las mujeres. Estas leyes pueden ser rastreadas en fecha tan temprana como 1830, aunque fueron esfuerzos esporádicos e inorgánicos. También se fue permitiendo poco a poco la actividad sindical, aunque en muchos países la conformación de un sindicato siguió siendo un acto ilegal. El primer cuerpo de leyes más o menos orgánico que protegía a los trabajadores, fue dictado por iniciativa de Otto von Bismarck, quien a pesar de ser de derecha, y por tanto vinculado a los intereses políticos e industriales de la aristocracia prusiana, estaba interesado en arrebatarle banderas de lucha a los socialistas.
[editar] América independiente.
[editar] Expansión de los Estados Unidos.
Mientras tanto, Estados Unidos seguía su propia carrera. En 1803 adquirió la Luisiana y en 1819 la Florida, ampliando así sus fronteras hasta territorios que no estaban bajo dominio de ninguna potencia occidental. Estos nuevos territorios fueron constituidos como estados que ingresaron a la Unión. Se abrió el camino hacia el oeste, y se inició así la épica legendaria del Far West. Todos los que carecían de oportunidades en el territorio mismo de Estados Unidos, tenían la posibilidad de probar fortuna en el "salvaje Oeste", ayudando así a expandir los bordes territoriales de Estados Unidos hasta que a comienzos del siglo XX alcanzó sus fronteras definitivas.
Estados Unidos sufrió aún otro intento de invasión por parte de Europa, cuando los británicos invadieron América e incluso llegaron a quemar Washington en 1815. Pero después no hubo potencia europea capaz de incorporar a Estados Unidos como colonia. De este modo, el Presidente James Monroe pudo después promulgar su famosa Doctrina Monroe, sintetizada en la frase "América para los americanos", y que promovía el aislamiento continental: ni Estados Unidos intervendría en los asuntos políticos de Europa, ni dejaría que Europa hiciera lo propio en Estados Unidos. Esta doctrina, inicialmente defensiva, devino con el tiempo, por la aparición de la doctrina complementaria del Destino Manifiesto (es el "destino manifiesto" de Estados Unidos llevar la libertad y la democracia al resto de las naciones del globo), en un verdadero "derecho de intervención" sobre América; a esto se lo conoció como el Big Stick o "Doctrina del Gran Garrote", y fue aplicado masivamente por Theodore Rooselvet (Presidente entre 1901 y 1908), especialmente en Panamá (véase Independencia de Panamá y Canal de Panamá).
Al mismo tiempo, Estados Unidos vivió un fuerte proceso de industrialización. Esto llevó a una fuerte dicotomía entre el Norte, mayormente industrial y expansionista, y el Sur, fuertemente agrario y conservador. Estas tensiones llegaron a su punto álgido por el problema de la esclavitud. En 1861 estalló la Guerra de Secesión, y después de cuatro años de luchas, el Sur fue definitivamente aplastado por el Norte.
También Estados Unidos inició su propio desarrollo cultural, el cual osciló entre la construcción de una épica e identidad nacional (por ejemplo, los escritores James Fenimore Cooper y El último mohicano o Walt Whitman y Hojas de hierba), y la influencia europea y particularmente anglosajona (por ejemplo, Edgar Allan Poe o Nathaniel Hawthorne). El resultado es una cultura única y peculiar en muchos aspectos, que conjuga la vieja tradición occidental con algunos nuevos valores, procedentes de su condición de "país de frontera".
[editar] Latinoamérica en el siglo XIX.
Después de su proceso de emancipación (1809-1824), las jóvenes repúblicas de Latinoamérica debieron afrontar la tarea de darse a sí mismas una organización propia, en particular desde el fracaso de los grandes proyectos panamericanos (la Gran Colombia, la Confederación Perú-Boliviana). En lo político, el sello común a éstas dentro de la variedad de desarrollos que asumieron, fue la oscilación entre la inestabilidad política y el autoritarismo. En algunos casos, un poco a imitación del Imperio Napoleónico, se dieron una forma política imperial, como es el caso de Brasil (1822-1888) o de México (1821-1823). En otros, surgieron dictadores que a veces duraron décadas en su cometido, como por ejemplo Juan Martínez de Rozas en Argentina o el Mariscal de Santa Anna en México. Hubo naciones que se enfrascaron en densas guerras civiles que responden a los distintos intereses políticos imperantes, como por ejemplo la guerra entre las provincias y la metropolitana Buenos Aires (federalismo contra centralismo en Argentina), y en menor medida las continuas rebeliones de Concepción contra Santiago de Chile. La mencionada República de Chile se consolidó tempranamente como una república políticamente estable, pero al precio de consolidar bajo Diego Portales un régimen político (la Constitución de 1833) de carácter fuertemente autoritario, calificado de tarde en tarde incluso de monárquico disfrazado. El fermento autoritario llevó también a numerosas guerras de carácter territorial, siendo probablemente las más destacadas, la Guerra del Pacífico (Perú y Bolivia contra Chile) y la Guerra de la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay).
En Europa, por su parte, persistía un cierto sentimiento de nostalgia por el pasado colonial de Latinoamérica, y aún hubo algún conato de construir imperios europeos en la región. Así, en 1865, España tentó una invasión contra Chile y Perú, mientras que en la misma década, en 1864, y a pretexto de pagarse la deuda externa de México, dicha nación fue invadida por Francia, nación que intentó incluso crearse un Emperador títere en la figura de Maximiliano de Austria (1864-1867). Estados Unidos se opuso firmemente a estas intervenciones europeas en América, adoptando como principio el aislamiento continental implícito en la Doctrina Monroe, pero éste derivó pronto en el autoarrogado derecho de intervención, bien visible en el apoyo que Theodore Rooselvet otorgó a Panamá para su independencia de Colombia.
En lo social, Latinoamérica intentó ponerse tan rápido como pudo a la par de las sociedades europeas. Así, la poderosa oligarquía mercantil intentó llevar a cabo una profunda industrialización de la sociedad. En esta labor intervinieron profundamente los capitales procedentes de Europa. El resultado fue, por una parte, el progreso de las repúblicas, pero por la otra, la importación de los problemas sociales que el industrialismo había ocasionado en Europa, creando también en Latinoamérica una cuestión social, agudizada por los problemas derivados de la multietnicidad latinoamericana, con sus elementos poblacionales de raigambre europea, indígena y africana.
En lo cultural, Latinoamérica se transformó, en cierta medida, en el patio trasero de Europa. En la segunda mitad del siglo XIX, la literatura latinoamericana se ciñó a los experimentos derivados del Realismo en Europa, y a inicios del XX, a la experimentación de las vanguardias. La reivindicación plena del elemento indígena y nacional en la literatura latinoamericana, vendría ya bien iniciado el siglo XX, asociándose con una postura política cercana a la izquierda, puesto que la intelectualidad de la derecha se adscribió más bien a los ideales del positivismo (por ejemplo, Porfirio Díaz en México).
[editar] El impulso colonial europeo del siglo XIX.
A consecuencias de la Revolución Industrial, las naciones europeas dieron un salto de gigante en el arte de la guerra. El antiguo barco a vela fue dejado atrás en beneficio a las naves impulsadas por carbón primero, y por petróleo después. En tiempos de Napoleón Bonaparte aún los barcos a vapor eran una curiosidad; apenas medio siglo después, en 1856, se botaba al mar el primer acorazado. El barco de hierro e impulsado por carbón se transformó en símbolo del nuevo imperialismo, hasta el punto que la política europea de imponerse por la vía directa del ultimátum militar pasó a ser motejada, no sin una miga de ironía, como la "diplomacia de las cañoneras". Los progresos de la guerra en tierra no fueron menores. El siglo XIX vio el surgimiento de las primeras ametralladoras, de una nueva composición para la pólvora que no echaba humo, del fusil de retrocarga... Además, el antiguo sistema de reclutamiento del siglo XVIII fue sustituido por el servicio militar obligatorio, inspirado por el más puro sentido democrático de que todos los habitantes de la República deben contribuir a su defensa, lo que permitió a las naciones europeas poner en pie de guerra a ejércitos de literalmente millones de hombres, por primera vez.
También la política mundial impulsaba a la creación de estos imperios. En los siglos XVI y XVII, cuando los europeos habían llegado a otras tierras, se habían encontrado con grandes potencias que les impedían el paso (el Imperio Otomano en el Medio Oriente, el Gran Mogol de la India en el subcontinente indostánico, el Imperio Manchú en China, el Shogunato Tokugawa en Japón), y para las cuales no fue en nada dificultoso el expulsar o mantener a raya a los intrusos; el caso extremo fue el ritual de humillación ante el Emperador, que los japoneses obligaron a los holandeses de la colonia de Deshima, a cambio de permitirles mantenerse allí y profitar del comercio con el archipiélago. Pero en el siglo XVIII, varias de estas potencias iban en franca declinación, y los europeos más audaces se aprovecharon para colarse entre los insterticios. El caso más flagrante fue la India, en donde los europeos se instalaron poco a poco, sustituyendo a todos los poderes locales hasta convertirse en gobernantes de facto de todo el subcontinente, manteniendo el Raj Mogol una autoridad puramente nominal, hasta su derrocamiento definitivo en 1857.
A este vacío de poder fuera de Europa, la propia Europa acompañaba la creación de un delicado equilibrio de poderes, después del Congreso de Viena, que parecía cerrar para siempre la posibilidad de conseguir la hegemonía por el método de abatir a todos los rivales; empresa que había tentado Napoleón Bonaparte, obteniendo un fracaso estrepitoso en el proceso. Además, nuevos territorios significaban el acceso a nuevas fuentes de materias primas con las cuales fomentar el proceso industrial que Europa estaba viviendo por aquellos años.
Beneficiados por los resultados de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), con la cual expulsaron a los franceses de la India y Canadá, los británicos pudieron reponerse de la pérdida de los Estados Unidos y mantener la delantera en labrarse un imperio mundial. A finales del siglo XIX, el Imperio Británico se extendía por aproximadamente una cuarta parte de todas las tierras emergidas, incluyendo una gran cantidad de tierras en Africa, la casi totalidad de la India, Australia, y una fuerte influencia en China y el Lejano Oriente en general. Francia le había seguido de cerca; en 1830 había iniciado una nueva aventura imperialista lanzándose contra Argelia, y después había enviado sus embarcaciones y sus tropas hacia el Lejano Oriente, fundando varios protectorados, forma jurídica que apenas encubría lo que era una explotación colonial en toda regla. Holanda, otrora muy poderosa, seguía conservando su dominio sobre Indonesia. Traumatizada con la pérdida de su imperio colonial, España no consiguió rehacerlo, conservando a duras penas Cuba y otras posesiones de las Antillas, y también algunos enclaves en el norte de Africa. Italia y Alemania, unificadas tardíamente, no alcanzaron a generar grandes imperios coloniales, debiendo conformarse con el dominio de algunas islas en la Polinesia y algunos territorios menores. Estados Unidos y Rusia, por su parte, prefirieron lanzarse a la colonización por tierra firme: el primero colonizó todo el continente americano desde su antigua base en las Trece Colonias hasta California mientras que los rusos sometieron a los últimos janatos mongoles en la estepa centroasiática y se abrieron paso hasta el Océano Pacífico a través de todo el ancho de Eurasia, fundando a orillas de éste el puerto de Vladivostok.
Los europeos obtuvieron distintos resultados en sus empresas colonizadoras. Hubo empresas lanzadas contra las repúblicas latinoamericanas, pero ellas fueron coronadas con rotundos fracasos, obteniendo el peor de ellos Napoleón III al intentar convertir a México en un imperio títere del suyo propio. Africa, por su parte, era un continente a la fecha casi inexplorado, y la labor de colonización fue precedida por acuciosas empresas de exploración; a finales del siglo XIX sólo subsistían Liberia, Orange, Transvaal y Abisinia como naciones independientes, cada una por razones diversas. La India, por su parte, se dejó someter más o menos mansamente a los británicos, pero en 1857 hubo un masivo levantamiento popular en su contra, que llevó a la disolución de la Compañía de Indias Orientales y a su anexión directa a la Corona de Inglaterra; además, sus intentos por atacar y anexarse Afganistán fueron sendos fracasos. En China, los británicos recurrieron a la táctica de debilitar su economía infiltrando opio en su sociedad, y cuando los chinos se negaron a seguir adelante, los británicos invadieron China y la obligaron manu militari a abrirse al comercio (véase Guerra del Opio). En Japón, una escuadra comandada por el comodoro Matthew Perry llegó hasta la bahía de Yedo en 1853 y arrancó al Shogunato Tokugawa un tratado por el cual los japoneses debieron abrirse por fuerza al comercio.
De esta manera, hacia finales del siglo XIX, el mundo entero era regido desde Europa, con la visible excepción de aquellos territorios que estaban bajo la esfera de influencia de Estados Unidos. En 1885, por el Tratado de Berlín, las potencias europeas se repartieron tranquilamente el mundo en un acuerdo que no contemplaba para nada las aspiraciones de las naciones no europeas.
Todo esto generó y fomentó un fuerte racismo entre los europeos. Se llegó a afirmar que la conquista del mundo habitado era la "sagrada misión del hombre blanco", de llevar la civilización a los salvajes de la Tierra. Para el europeo del siglo XIX era natural pensar que los asiáticos, indígenas, negros o cualquier individuo no caucásico, era por naturaleza inferior. Irónicamente, el Darwinismo vino a proporcionar nuevos argumentos para esta postura, ya que algunos consideraron muy seriamente que el hombre blanco era la cumbre de la evolución humana. El epítome de esta ideología fue la creencia en la superioridad intrínseca de la "raza nórdica", que terminará teniendo crudas consecuencias al ser adoptada como credo político por los caudillos del Tercer Reich.
[editar] Edad victoriana y "Belle Epoque".
[editar] Positivismo y "Eterno Progreso".
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la vida intelectual basculó nuevamente desde la postura idealista propia del Romanticismo, a una objetivista y vinculada al desarrollo científico. Hay dos buenas razones para esto. En primer lugar (sin seguir un orden particular), el éxito soberano de las potencias imperialistas europeas al extenderse sobre el planeta llevó a la convicción de que la cultura europea era el epítome de la civilización. En segundo lugar, la ciencia del segundo tercio del siglo XIX hizo importantes progresos técnicos. Así, la Astronomía hizo importantes progresos: es la época en que se descubre el planeta Neptuno y se desarrolla la Astrofísica, descubriéndose la técnica de la espectrometría, entre otras cosas. La Química, por su parte, se revolucionó con el desarrollo de la Tabla Periódica de los Elementos. La Geología, por su parte, reconoció la existencia de la Edad de Hielo y de la vida fósil, incluyendo descubrimientos como el Hombre de Neanderthal (1856). En el ámbito de la técnica hubo numerosos nuevos inventos, desde el convertidor Bessemer para procesar el acero, hasta la fotografía.
Sin embargo, las novedades científicas más impactantes emergieron en el campo de la Biología. La apertura del campo de la microbiología, por obra de Louis Pasteur, y que llevó a concebir por primera vez a las enfermedades infecciosas como ocasionadas por agentes patógenos microscópicos, lo que a su vez llevó al desarrollo de la técnica de la vacunación. Por su parte, en 1859, y después de más de dos décadas de investigaciones, Charles Darwin publicó su libro El origen de las especies, en el cual no "inventó" la teoría de la evolución, como comúnmente se piensa, pero sí la explicó por primera vez por mecanismos naturales convincentes (concretamente, la selección natural), ocasionando de paso un terremoto conceptual al derribar por primera vez con argumentos sólidos el relato de la creación según el Génesis. De esta manera, la intelectualidad europea depositó toda su fe en el progreso de la ciencia. Se pensaba que el progreso de la humanidad era imparable, y que dentro de no demasiado tiempo, la ciencia resolvería todos los problemas económicos y sociales. A este dogma filosófico se le llamó Positivismo. Este se vinculó, a su vez, con el Liberalismo para producir una nueva doctrina social, el llamado Darwinismo social, que buscaba aplicar los descubrimientos científicos de Darwin a las teorías sociales. Su máximo exponente fue el filósofo británico Herbert Spencer.
Este ambiente de optimismo es bien visible en particular en las primeras novelas de Julio Verne, que utilizando el trasfondo del relato de aventuras, son una glorificación de la ciencia y la técnica (Viaje al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, De la Tierra a la Luna); aunque por otra parte, el Verne más tardío escribió relatos mucho más sombríos, poniendo ahora énfasis en los peligros de la ciencia desatada (Los quinientos millones de la Begún, La misión Barsac), al tiempo que su contemporáneo Herbert George Wells hacía algo similar en obras como La guerra de los mundos, El hombre invisible, La isla del Doctor Moureau o La máquina del tiempo.
En el reverso de esta visión optimista, destaca el Realismo literario, género literario que reaccionó contra los excesos sentimentales del Romanticismo tardío, y que bien pronto devino en Naturalismo; irónicamente, el principio básico del Naturalismo era construir una literatura lo más científica y objetiva posible, para el estudio de los problemas sociales de la época. En esta senda, escritores como Emilio Zolá denunciaron implacablemente las injusticias sociales producidas por la industrialización indiscriminada, en novelas como Naná.
[editar] El surgimiento de la sociedad de masas.
[editar] La sociedad de masas.
El siglo XIX, como producto de la industrialización, vio el surgimiento de la moderna sociedad de masas, como oposición a la vieja división entre una reducida élite aristocrática y la gran masa del bajo pueblo. Esto ocurrió porque los costos de producción de las mercancías bajaron, quedando la producción a disposición de nuevos actores sociales, la clase media, con nuevos medios económicos provenientes de las profesiones liberales, y que por ende pudieron ascender socialmente. Nuevos inventos, como el envasado de comida en latas (desarrollado inicialmente para el ejército napoleónico), permitieron que las nuevas clases sociales accedieran a nuevas fuentes de alimentación.
A esto contribuyó la implantación, a lo largo del siglo XIX, del sistema de educación primaria obligatoria, que tendió a reducir drásticamente las tasas de analfabetismo en Europa (si bien no a erradicarlo). La mayor cantidad de público lector incentivó el desarrollo de la prensa escrita, incluyendo fenómenos tales como la prensa amarilla. Los modernos métodos de impresión, por su parte, permitieron aumentar la producción de libros. A inicios del siglo XIX, el libro de poemas El corsario de Lord Byron se transformó en el primer libro en la historia con un tiraje inicial superior a los 10.000 ejemplares. También se desarrolló una nueva forma de literatura popular, el folletín, híbrido entre la prensa escrita y la antigua novela, que se publicaba por entregas en los diarios. A través del folletín fueron dadas a conocer obras como Los misterios de París de Eugene Sue, Los tres mosqueteros y El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Los miserables de Víctor Hugo o David Copperfield y Oliver Twist de Charles Dickens. A finales del siglo, por iniciativa del mencionado Víctor Hugo, surgieron los primeros convenios internacionales sobre derecho de autor.
Todos estos nuevos sucesos, por supuesto, abarcaban tan solo a la sociedad europea, y en medida más reducida a la de América. En el resto del mundo, sometido al dominio colonial europeo, las nuevas condiciones de vida alcanzaban tan solo a la clase social europea, mientras que los nativos proseguían viviendo el magro estilo de vida que habían heredado desde antaño.
[editar] Moral victoriana.
Quizás la característica más notoria de la época sea una exacerbación de las ideas morales. El símbolo máximo de la moral puritana del siglo XIX es la Reina Victoria, a pesar de que, en estricto rigor, y de creer a su biógrafo Lytton Strachey, Victoria giró hacia el puritanismo tan sólo después del fallecimiento de su esposo, el príncipe de Sajonia-Coburgo, en 1861.<ref> Escribe Strachey: "Ni su actividad política, ni su reclusión, eran aprobadas por el público. A medida que los años pasaban sin aliviar en nada el duelo real, la censura pública se volvía más general y más severa. El retraimiento de la reina proyectaba no sólo una sombra sobre los placeres de la alta sociedad, sino que privaba de sus fiestas al pueblo; tenía, en fin, una influencia nefasta sobre la costura, la moda y la lencería" ("Reina Victoria", Página 214). Para las consecuencias de la viudez de Victoria, véase Lytton Strachey, "Reina Victoria", Ediciones Ercilla, Santiago de Chile, 1937, Páginas 207 a 224 (capítulo séptimo: "Viudez").</ref> Esta moral se caracterizaba en lo principal por una exacerbación de los principios morales, y en la represión sistemática de las pasiones, en particular aquellas de orden sexual. El comportamiento liberal se calificaba como libertinaje, como bien lo supo Oscar Wilde, escritor que pagó el haberse atrevido a desafiar las convenciones sociales de su tiempo con una condena a presidio. Se construyó alrededor de la gente de la época una cierta aura de pureza moral, la cual en muchos casos resultó ser pura hipocresía, como a inicios del siglo XX denunció el citado Strachey con sus crónicas biográficas contenidas en Victorianos eminentes.
La moral victoriana encontró violentos críticos a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Al ya mencionado Oscar Wilde podemos añadir al austríaco Sigmund Freud, que describió las enfermedades mentales y neurosis derivadas de la represión sexual.
Una de las novelas más emblemáticas en torno a la moral victoriana, es el Drácula de Bram Stoker. Al margen de la simbología religiosa y el tema de la lucha del bien contra el mal, Stoker marca un nítido contraste entre sus héroes, provenientes todos del mundo victoriano, y su villano, un vampiro que, entre otras cosas, encarna las más salvajes pulsiones sexuales.
[editar] Abolición de la esclavitud.
A inicios del siglo XIX, podía considerarse a la esclavitud como una institución cada vez más deslavada en el mundo occidental, pero sin embargo no había desaparecido por completo de éste. Muchas naciones de la Tierra emprendieron una campaña para abolir la esclavitud, bien sea de manera directa, o bien sea mediante el paso intermedio de la libertad de vientre, según la cual, aunque el esclavo seguía siendo esclavo, sus hijos nacerían ya libres, y no podrían ser esclavizados jamás. La abolición de la esclavitud era un corolario lógico del principio de la Ilustración, que propugnaba la igualdad ante la ley de todos los seres humanos sin excepción. La resistencia más pertinaz contra el movimiento abolicionista, se produjo en los Estados Unidos, cuyos estados sureños, sustentados en el comercio del algodón, dependían por completo de los esclavos. Aunque puede discutirse si el abolicionismo fue la causa fundamental de la guerra o un mero pretexto, lo cierto es que la bandera abolicionista fue enarbolada por el Norte durante la Guerra Civil de los Estados Unidos (1861-1865), y rechazada por los estados del Sur. Después de esta guerra, la esclavitud fue abolida en Estados Unidos, aunque la discriminación racial persistió en dicha nación, con políticas tales como "separados pero iguales", y puede decirse que dicha segregación ha subsistido en buena medida hasta el día de hoy. En Rusia, por su parte, no habían esclavos, pero existía la institución de la servidumbre, la cual fue abolida por decreto del Zar Alejandro III.
[editar] El rol de la mujer.
Durante el siglo XIX, la mujer siguió ocupando un rol social de segunda fila, y persistió su papel como moneda de cambio, por vía de matrimonio, entre diversos patrimonios familiares vinculados a los grandes capitales. Ya a finales del siglo XVIII hubo mujeres que propugnaban la emancipación femenina, como por ejemplo la inglesa Mary Wollstonecraft, o la revolucionaria francesa Olimpia de Gougues, que propugnó una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana como complemento a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero fueron casos aislados, y en todo caso intensamente combatidos; la hija de la mencionada Mary Wollstonecraft, Mary Shelley (autora de Frankenstein, por ejemplo, tuvo que escapar de Inglaterra para poder vivir su romance con Percy Shelley. Incluso ya entrando el siglo XX, defensores de los derechos de la mujer como Bertrand Russell fueron ácidamente criticados por sus posturas.
A finales del siglo XIX, surgió un intenso movimiento social a favor de las mujeres, que encontró su bandera en la conquista del derecho a voto. Este movimiento fue el de las sufragistas, y empezaron a conquistar varios éxitos a partir de 1902, fecha en la que se admitió el derecho a voto femenino en Nueva Zelanda, y luego en otras naciones de la Tierra. Sin embargo, habría que esperar hasta la Primera Guerra Mundial para que el movimiento de emancipación femenina cobrara verdadera fuerza.
[editar] La religión.
En la Europa del siglo XIX, la religión institucionalizada sufrió fuertes embates. En el siglo XVIII, la Iglesia Católica había perseguido fuertemente a la Ilustración, buscando censurar (incluso con éxito) a la Enciclopedia, y condenando varias obras ilustradas (entre ellas la totalidad de la obra de Voltaire) a caer dentro del Index de libros prohibidos. En el siglo XIX, potenció aún más su alianza con los sectores ultraconservadores, y por ende, fue perdiendo cada vez más apoyo, sucesivamente golpeada por los triunfos de las ideas de 1789, así como por nuevos descubrimientos científicos que contradecían a las Sagradas Escrituras, el más importante de los cuales fue el libro El origen de las especies de Charles Darwin y su teoría evolucionista por selección del más apto (seguido después por La descendencia del hombre, en 1871, en donde se explicitaba que el hombre y el mono compartían ancestros comunes). En lo político, el movimiento nacionalista italiano anheló, y finalmente consiguió, que los Estados Pontificios pasaran a formar parte de una Italia unificada, lo que significó su destrucción en 1870, algo más de once siglos de haber sido creados por la donación de Pipino el Breve. Aún después, el Papa lideró una dura contienda contra Otto von Bismarck, quien trató de eliminar el Catolicismo de Alemania en la Kulturkampf (operación política que, dicho sea de paso, terminó fracasando). De esta manera, el siglo XIX marcó uno de los momentos más débiles del Papado.
Sin embargo, eso no quiere decir que la causa de la religión hubiera sido derrotada. Como señalamos, un ingrediente clave de la moral victoriana es su sustrato religioso. Además, la expansión imperialista europea se justificaba muchas veces como una manera de llevar la civilización a los salvajes que tenían la "desdicha" de no haber nacido caucásicos, lo que en el fondo constituía una prolongación de la empresa evangelizadora que otrora los cristianos emprendieran contra los paganos.
[editar] El período de las Guerras Mundiales.
[editar] Las Guerras Mundiales.
[editar] Escalada de la tensión internacional.
El fin de la Guerra Franco-Prusiana, en 1871, inició una realineación de las fuerzas políticas en Europa. Inglaterra y Francia, enemigos decididos desde la época napoleónica, habían unido fuerzas, en particular desde el final de la Guerra de Crimea en 1856, para sostener al Imperio Otomano e impedir la salida de Rusia al Mar Mediterráneo. Para contrarrestar esto y evitar un revanchismo francés, Otto von Bismarck, el Canciller de Alemania, tendió lazos con el Imperio Austro-Húngaro, al que había derrotado en 1866. Cuando Italia ingresó a la alianza en 1881, nació la llamada Triple Alianza. Bismarck intentó romper la alianza de Inglaterra y Francia, pero esto sólo consiguió un rechazo por parte de Inglaterra, y el acercamiento de Francia a su antiguo enemigo, Rusia, conformándose así la Triple Entente o Entente Cordiale. Así, en 1893 se habían configurado los bandos que después tomarían parte en la Primera Guerra Mundial.
A su vez, los imperios coloniales habían alcanzado su máxima expansión, y ya no habían nuevas tierras por conquistar o anexarse. Por lo que cualquier intento por imponerse a los rivales europeos, pasaba por aplastarlos en una guerra total. Entre 1871 y 1914, con la excepción de los Balcanes, Europa vivió en paz, pero que era conocida, y no por nada, como la paz armada. Se inició también una veloz carrera armamentista, en la cual crecieron los ejércitos, se desarrollaron nuevos inventos (la ametralladora, el alambre de púa o los gases tóxicos), que harían una guerra futura bien diferente, y mucho más demoledora, que las Guerras Napoleónicas a las que los generales europeos estaban acostumbrados a jugar en sus cuartos de estrategia.<ref> "(...) sucedió que al cúmulo de guerras de la séptima década del siglo XIX siguió, como a la guerra general de 1792-1815, media centuria de paz también general sólo interrumpida por algunas guerras locales de carácter semicolonial: la guerra rusoturca de 1877-8, la hispanonorteamericana de 1898; la sudafricana de 1899-1902; la rusojaponesa de 1904-5. Estas últimas guerras de fines del XIX y comienzos del XX no permitieron discernir mayormente la tendencia general de la guerra en el mundo occidental de la época, porque cada una de ellas se libró entre sólo dos beligerantes y ninguna en regiones próximas al centro del mundo occidental. De ahí que la terrible transformación del carácter de la guerra llevada a cabo por la introducción de la nueva fuerza propulsora del industrialismo y la democracia, tomase por sorpresa a nuestra generación en 1914". Arnold J. Toynbee, Estudio de la historia, Emecé Editores, Buenos Aires, segunda edición, agosto de 1961, Tomo IV, Primera Parte, Página 167.</ref> El resultado sería la gran guerra general de 1914 a 1918, que haría saltar para siempre al viejo orden del Congreso de Viena.
[editar] La Primera Guerra Mundial y sus consecuencias.
En 1914 un incidente internacional menor, el llamado atentado de Sarajevo, le dio pretexto a Austria para presionar a Serbia, una de las jóvenes repúblicas nacidas sobre las cenizas del cada vez más decrépito Imperio Otomano. El ultimátum de Austria a Serbia puso en marcha la red de alianzas y pactos defensivos, y en pocos días, Europa se vio sumergida en una violenta guerra general. Alemania se jugó la baza del Plan Schlieffen, que implicaba una maniobra de tenazas que acorralara a los franceses como en Sedán, en 1870, después de lo cual podrían volverse para repeler a los rusos. Pero la operación salió mal, se llevaron a cabo maniobras envolventes que resultaron inútiles, y pronto el frente de batalla quedó estacionario en la desgastante guerra de trincheras. En el frente ruso, por su parte, debido a la inepcia de los altos mandos del Zar, los alemanes no tuvieron mayores problemas en controlar el frente, e incluso llegaron a liquidarlo en 1918. Pero era demasiado tarde para ellos, porque a consecuencias de la guerra submarina, Estados Unidos había entrado al conflicto, y con su apoyo, Inglaterra y Francia pudieron quebrar el frente y derrotar a Alemania.
Sobrevino entonces un nuevo orden internacional, nacido del llamado Tratado de Versalles y otros anexos, firmados en 1919, y que condenaron a la disolución a los imperios centrales (Alemania, Austria, el Imperio Otomano), y que se basó en el principio de soberanía nacional. Se impuso también una durísima indemnización a Alemania, que arrojó a la recientemente creada República de Weimar al caos económico y político. Para garantizar el nuevo orden internacional se creó por primera vez un organismo supranacional, que pretendía limitar la soberanía absoluta de los Estados; era la Sociedad de Naciones, en cuyo seno deberían resolverse los conflictos del futuro sin recurrir a la vía armada. Sin embargo, la exclusión de Alemania y la Unión Soviética, más el rechazo del Congreso de los Estados Unidos a la admisión estadounidense en la Sociedad, la condenó a ser una suerte de "club de amigos" de Inglaterra y Francia, mostrando con el paso del tiempo una dramática inoperancia frente a los sucesos que desembocarían en la Segunda Guerra Mundial.
Por su parte, descontento el pueblo ruso contra sus dirigentes, se alzaron en armas y derrocaron al Zar Nicolás II, reemplazándolo por una república de corte liberal. Sin embargo, el gobierno cayó pronto en el caos, lo que aprovecharon los bolcheviques (comunistas) para hacerse del poder, en la Revolución Rusa (octubre de 1917). El resultado de este proceso fue el derrumbe del régimen de los zares, y el surgimiento en su reemplazo de la Unión Soviética, de clara inspiración tecnocrática, [{estatismo|estatista]] y marxista. Pronto, la Unión Soviética se ofreció al mundo como modelo político alternativo al capitalismo democrático e industrial defendido por los Estados Unidos, sembrando las semillas de lo que a futuro sería la Guerra Fría.
[editar] El empequeñecimiento de Europa.
Paralelamente a la Primera Guerra Mundial, el mundo empezó a hacerse más grande. El decrépito Imperio Manchú fue derrocado en 1911, después de un largo período de guerras civiles, y China cayó en las manos de Sun Yat-Sen, que llevó a cabo un acelerado proceso de modernización en el país. Esta iniciativa occidental chocó a poco con la infiltración de los comunistas quienes, liderados por Mao Tsé Tung, promovieron una guerra civil que llevaría al derrocamiento del régimen occidentalizador, en beneficio de un nuevo Estado comunista: sería la Revolución China de 1949.
Por su parte, en Japón, el Shogunato Tokugawa había sido derrocado en 1868, y los sucesivos Emperadores que tomaron a su cargo el país, impulsaron una profunda occidentalización. En 1905 los japoneses, menospreciados por ser "no occidentales", infligieron una dura derrota a los rusos, y en 1914 entraron a la Primera Guerra Mundial a favor de la Triple Entente y se apoderaron de varias colonias alemanas en el Pacífico, las cuales retuvieron después del conflicto, cimentando así el nacionalismo imperialista japonés que los arrojaría de cabeza a la Segunda Guerra Mundial.
Entretanto, las ideas de independencia comenzaban a soplar en la India. Después de la Primera Guerra Mundial, y bajo el liderazgo de Mahatma Gandhi, y su movimiento de resistencia no violenta, los nacionalistas de la India se hicieron cada vez m{as fuertes. Después de la Masacre de Amritsar (1919), los británicos se vieron obligados a iniciar un lento proceso de negociaciones, que culminaría en su independencia.
Estados Unidos, por su parte, emergió como la gran superpotencia mundial después de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, cuando Woodrow Wilson pidió al Congreso de los Estados Unidos que aprobara el ingreso de la nación a la Sociedad de Naciones, éste se opuso, basándose en la vieja (y a esas alturas periclitada) política de aislamiento continental. Tendrían que hacerlo después, y por la fuerza, durante la Segunda Guerra Mundial.
De este modo, la adopción por parte de potencias no europeas, de aquellas ideas y principios (y tecnologías) propios de Europa, llevaron a la paradoja de que la mismísima Europa se redujo, en cuanto a tamaño e importancia, en el concierto mundial, y en adelante debería conformarse con ser un actor más, en un escenario político que de pronto se había hecho enormemente más vasto.
[editar] La Segunda Guerra Mundial.
En los llamados locos veinte, la economía de Estados Unidos fue presa de la especulación bursátil. El resultado fue la Gran Depresión de 1929, que no sólo arruinó a Estados Unidos, sino que también a la mayor parte del mundo. Se generó ahí un caldo de cultivo para el totalitarismo de cualquier clase. El comunismo se hizo popular, pero también vinieron los imitadores de Benito Mussolini, el caudillo que había impuesto el Fascismo en Italia (1922), y cuyo más aventajado discípulo fue Adolfo Hitler.
Apenas llegó al poder en Alemania (1933), Hitler inició una dura política internacional, que lo llevó a la anexión de varios territorios y repúblicas. Cuando invadió a Polonia, en 1939, Inglaterra y Francia respondieron con la declaración de guerra. Sobrevino entonces una nueva conflagración general, aún más dura que la anterior, y que sólo culminó con la destrucción completa del Tercer Reich y de sus aliados, Italia y Japón. El fin de la guerra significó también la ruina definitiva de las potencias imperialistas europeas, ahora decisivamente superadas por Estados Unidos y la Unión Soviética, pero también marcó el estreno de la bomba atómica, lo que generó un nuevo apocalíptico escenario internacional: era la primera vez en toda la historia universal que el ser humano disponía de la tecnología necesaria para aniquilarse a sí mismo como especie.
[editar] La acumulación de capital y los monopolios.
La política de librecambismo que reemplazó, al menos en parte, al proteccionismo de la época absolutista, así como la creación de gigantescos imperios coloniales, tendió a demoler las barreras para el comercio y la inversión. De esta manera, los empresarios exitosos ya no estaban limitados por las fronteras nacionales a la hora de invertir y buscar ganancias. Adicionalmente, la industrialización y el desarrollo de nuevas técnicas abrió nuevos mercados para recursos que hasta entonces carecían de toda utilidad, como por ejemplo el petróleo y el caucho. En determinados casos, la avidez empresarial generó verdaderas "fiebres", como por ejemplo la "fiebre del salitre" en el norte de Chile, con posterioridad a la Guerra del Pacífico, o la "fiebre del caucho" en Brasil. El mundo entero se convirtió así en un enorme y vasto mercado global, creándose así por primera vez una red de comercio internacional de escala literalmente mundial, no sólo por su alcance geográfico, sino también por la interconexión entre los distintos productos que se comerciaban a lo largo y ancho del planeta, sirviendo unos como materias primas a otros y alargando las cadenas de producción, haciéndolas más intrincadas e interdependientes.
Habiéndose desarrollado Estados Unidos como un laxo gobierno central que dejaba mucho quehacer legislativo a los estados federados, y habiéndose expandido geográficamente hacia el oeste de manera brutal, no es raro que en dichas tierras haya prosperado con mayor fuerza el capitalismo industrial. El ejemplo más destacado es el petróleo, descubierto en Texas en 1859, y explotado pronto por un monopolio frente al cual se puso David Rockefeller, quien construyó en su torno una gran fortuna. Otro ejemplo destacado fue Andrew Carnegie, quien creó su propio imperio financiero en torno al acero. En el campo de los servicios también surgieron varios poderosos grupos comerciales, como por ejemplo el imperio periodístico de William Randolph Hearst o los primeros estudios de Hollywood (véase Historia del cine). Incluso en el campo de la invención, Thomas Alva Edison fue pionero en la idea de reunir a un grupo de trabajadores en un taller, creando así la moderna investigación tecnológica en la que importa más el proyecto común, que la figura del inventor o investigador propiamente tal.
La sociedad reaccionó ante los monopolios con cierto temor. En Estados Unidos se dictaron leyes antimonopolios, e incluso en virtud de ellas, Rockefeller fue llevado a juicio. Su firma, la Standard Oil Company, familiarmente conocida como Esso, fue llevada a juicio y condenada a disgregarse en 1911. Sin embargo, estas acciones no impidieron que en el paso de los siglos XIX al XX se concentrara el capital en manos de un nuevo club de multimillonarios, y que se crearan las modernas transnacionales, tal y como se conocen hoy en día.
[editar] Surgimiento del estado del bienestar.
Como una reacción a los cambios económicos y políticos en torno a la Primera Guerra Mundial, se sentaron las bases del estado del bienestar. Durante el siglo XIX, fiel a los principios del liberalismo a ultranza, se había concebido al Estado como un mero garante del orden público, sin que tuviera legitimidad para intervenir en la actividad económica de la nación. Los economistas como David Ricardo, por su parte, prestaban sustento teórico a dichas decisiones políticas. Sin embargo, de manera progresiva, el Estado había tenido que intervenir poco a poco en la regulación de las condiciones de trabajo, a través de las leyes sociales, creando el moderno Derecho del Trabajo, como una manera de responder a los apremiantes problemas derivados del industrialismo, tuvo que desactivar la bomba de tiempo que representaban las aspiraciones de grupos socialistas, comunistas y anarquistas.
Sin embargo, fue después de la Primera Guerra Mundial que se produjo el cambio teórico fundamental. El economista John Maynard Keynes observó que la oferta económica es refleja de la demanda (no al revés, como planteaba clásicamente la ley de Say), y por ende, la manera de levantar la economía era subsidiando la demanda a través de una fuerte intervención estatal. Sus consejos fueron acogidos como casi milagrosos después de que la Gran Depresión literalmente arrasó con el mercado laboral, generando un pavoroso paro masivo. De esta manera se sentaron las bases de un estado fuertemente regulador e interventor en materias económicas, que subsistirán más o menos hasta el día de hoy, en todos aquellos lugares en que el keynesianismo no fue exitosamente combatido por el monetarismo.
Resulta significativo observar que en la década de 1930, varios regímenes políticos muy diferentes entre sí, siguieron políticas intervencionistas como una salida práctica a la Gran Depresión. Stalin, en la Unión Soviética, por vivir en una economía dirigida desde el Estado, no tuvo mayores problemas con el Crack de 1929, pero Adolfo Hitler aplicó un fuerte intervencionismo desde el Estado, centrándose en particular en las obras públicas y la fabricación de armamentos. Mientras tanto, en Estados Unidos, Franklin Delano Rooselvet hizo parcialmente otro tanto a través de su New Deal (Nuevo Trato o Nuevo Acuerdo).
[editar] Revoluciones científicas.
La primera mitad del siglo XX vio también una serie de revoluciones científicas sin precedentes, que marcaron un cambio de paradigma fundamental en el pensamiento científico.
En el campo de la biología, se hicieron públicas las investigaciones de Gregor Mendel, desarrollando de esta manera una serie de investigaciones que llevarían a develar el papel que juega el ADN en él código genético. También la Medicina progresó enormemente. Por una parte, al descubrirse que cada ser humano pertenece a un grupo sanguíneo, desapareció el riesgo inherente a toda transfusión sanguínea. Por su parte, las investigaciones de Alexander Fleming llevaron al desarrollo de la penicilina, el primer antibiótico, poniendo en manos de los médicos una poderosa arma para luchar contra las enfermedades; esta nueva técnica mostró lo que era capaz al salvar las vidas de miles de soldados durante la Segunda Guerra Mundial.
En el campo de la Paleontología, por su parte, una serie de hallazgos en cascada permitió empezar a desenmarañar el complejo árbol de la evolución humana. En 1894 se descubrió al Hombre de Java, y poco después emergieron el Sinántropo en China, y todo el frondoso linaje del Australopitecus en Africa.
[editar] Mecánica Einsteniana y Mecánica Cuántica.
La mayor de las revoluciones de dicho período se produjeron en el campo de la Física. Durante el siglo XIX se habían acumulado varios problemas técnicos que la vieja Mecánica Newtoniana no era capaz de responder adecuadamente.
En 1900, el físico Max Planck propuso que la luz no podía propagarse en cualquier cantidad discreta, sino que sólo era capaz de viajar en pequeños "paquetes" de un tamaño determinados, llamados "quanta". El concepto de cuanto cambió la visión del mundo subatómico. Hacía poco que las investigaciones habían confirmado la existencia del átomo (hasta finales del siglo XIX, el átomo era tan sólo una construcción teórica, pero no habían pruebas tangibles de su existencia hasta el descubrimiento del electrón en los rayos catódicos). Poco después, las investigaciones de Niels Bohr y Ernest Rutherford permitieron por primera vez tener un panorama completo de los fenómenos subatómicos. Por ello, resultó un golpe muy rudo la enunciación del Principio de incertidumbre, que establece un límite a lo que puede ser conocido en el campo subatómico. Las consecuencias de este principio trascenderían a lo meramente científico, y se convertirían en una especie de metáfora de la incertidumbre que los intelectuales reclamaban como una característica propia de la vida en el siglo XX.
Paralelamente, el joven físico Albert Einstein publicó en 1905 un breve trabajo que, ampliado en 1915, se transformaría en las bases de toda una nueva concepción del cosmos: la Teoría de la Relatividad. Einstein abolió así el espacio absoluto y el tiempo absoluto de Isaac Newton, y proclamó que tanto el espacio como el tiempo estaban relacionados con la materia y la energía, y que ambas cosas eran relativas al punto de vista del observador. La nueva visión del universo que emergió aquí representó un verdadero terremoto intelectual, y abrió las compuertas para toda la investigación astronómica del siglo XX.
Por su parte, se postuló por primera vez que la Nebulosa de Andrómeda no era un anexo de la Vía Láctea, sino una galaxia por derecho propio. De esta manera, el universo apareció aún más grande y vasto de lo que nunca antes se pensó.
[editar] Vanguardias artísticas.
[editar] Las vanguardias.
El siglo XX vio un cambio substancial en materia artística. Es cierto que el arte ha ido cambiando con el tiempo, pero cada nuevo movimiento artístico partía de la presunción implícita de ser "el último", y de trepar hacia la academia como el canon absoluto. Sin embargo, la rebelión de los pintores relacionados con el Impresionismo, la exaltación de la libertad individual del artista frente al convencionalismo de la academia, y por último la apología del constante cambio frente a un mundo también cambiante, abrieron la puerta para el fenómeno de las vanguardias. Al respecto escribe Juan-Eduardo Cirlot: "Hemos hablado del fondo experimental y cientifista del arte del presente, (...), al indicar que el ismo se diferencia del estilo en que se produce conscientemente, como resultado de una voluntad expresamente orientada a una finalidad, y no como surgimiento de un poder cultural actuante a través del hombre".<ref> Juan-Eduardo Cirlot, "Cubismo y figuración", Editorial Seix Barral S.A., Barcelona, 1957, sin ISBN, Página 17. Véase el capítulo completo "Sentido místico de los ismos. La llamada del grupo social", Páginas 17 a 21.</ref>
[editar] Impresionismo y Postimpresionismo.
La primera gran vanguardia pictórica es el Impresionismo. Este movimiento se entronca con el Prerrafaelismo, con la pintura de la Escuela veneciana y con la obra de Constable y Turner,<ref> "Sintetizando, podemos ver cuatro componentes esenciales en el origen de la tendencia: el realismo visual de Millet y Courbet; la influencia de la gran pintura española, en especial de Velásquez y Goya; la de ciertos románticos ingleses, en especial Turner; y la aplicación de determinados principios científicos sobre el color y la luz y su representación". Juan-Eduardo Cirlot, "Cubismo y figuración", Editorial Seix Barral S.A., Barcelona, 1957, sin ISBN, Página 27.</ref> pero aunque con tradición por detrás, su emergencia desató una revolución. En primer lugar, el cambio de foco de los pintores impresionistas, desde el retrato fiel del objeto en sí hacia la captura de la luz y los efectos lumínicos sobre dichos objetos, era todo un golpe a la cátedra que se había practicado desde el más temprano Renacimiento. En segundo lugar, sus cultores, en vez de buscarse un lugar en la academia, se rebelaron decisivamente contra ella, y abolieron para siempre el predominio del academicismo sobre el arte pictórico. En tercer lugar, los impresionistas aprovecharon poderosamente las más modernas tecnologías de la época, incluyendo la fotografía (que utilizaron para captar el movimiento y fijarlo) hasta la moderna pintura en tubos (que les permitió salir a pintar al natural, al aire libre, lejos de la molesta tarea de preparar sus propias pinturas para las telas).
Aunque el Impresionismo como tal tuvo una vida más bien corta (aproximadamente entre 1863 y 1874, fechas de dos importantes exposiciones pictóricas en París), en su secuela los artistas se sintieron libres para rechazar las convenciones académicas, desatando así un conjunto de movimientos laxamente agrupados bajo el nombre de Postimpresionismo. Entre ellos se cuentan Vincent Van Gogh, Henri Matisse, Henri Rousseau y Paul Gauguin, cultores cada uno de un estilo propio y personalista.
Las vanguardias se fueron alejando progresivamente de la intención de los pintores antiguos por captar la realidad tal cual, función en la que la moderna fotografía los estaba desplazando con celeridad, y fueron desarrollando un arte pictórico cada vez más imaginativo. En 1909, con su cuadro Las señoritas de Aviñón, Pablo Picasso rompió con la perspectiva lineal que los pintores manejaban desde el Renacimiento, y propuso en su lugar la perspectiva múltiple, dando paso al Cubismo. Por su parte, Giorgio de Chirico y su llamada Pintura metafísica fue preparando el camino hacia una nueva manifestación artística, el Surrealismo.
[editar] Inicios de la Literatura experimental.
A finales del siglo XIX, los esfuerzos del Realismo literario y del Naturalismo se vieron cada vez más agotados, y los escritores empezaron a buscar nuevos rumbos para la Literatura. El non plus ultra del Realismo es probablemente Marcel Proust, cuya monumental saga de siete novelas En busca del tiempo perdido marca el apogeo de la pretensión de captar la realidad hasta sus más mínimos detalles.
Los poetas, por su parte, tendieron a inclinarse hacia un lenguaje cada vez más rebuscado y barroco, produciendo violentas contracturas con sus versos. El movimiento del Simbolismo intentó imponer lo artificioso y violento en la Literatura, destacándose la poesía de Arthur Rimbaud. La gran ruptura conceptual se produjo cuando Marinetti lanzó su Manifiesto futurista, y de paso inventó el Futurismo, según el cual la literatura debe adaptarse a los tiempos, y las innovaciones técnicas y sociales son tan dignas como material literario, como los temas antiguos o clásicos; al respecto dirá que un coche de carreras puede ser tan bello como la Victoria de Samotracia...
La literatura popular, por su parte, continuó con la fascinación por el folletín. En el tiempo de la Belle Epoque se crearon algunos personajes clásicos para la posteridad, como Drácula, Sherlock Holmes o el Fantasma de la Opera, sentándose las bases, entre otras cosas, de la moderna literatura policial. En un sentido, la literatura folletinesca tendía a ser más conservadora que la literatura experimental, al ser esta última más bien dirigida a una élite selecta e ilustrada, pero por otra parte reflejaba bien las tensiones propias del período anterior y contemporáneo a la Primera Guerra Mundial.
En 1922 se publicó la obra que durante la mayor parte del siglo XX se considerará como la cumbre de la literatura experimental. El escritor irlandés James Joyce, inspirándose en la Odisea de Homero, publica el Ulises, verdadero compendio de todas las técnicas experimentales conocidas en la literatura de la época, y de algunas nuevas, como por ejemplo la corriente de la conciencia. La obra fue incluso prohibida o tachada de pornográfica, pero a la larga demostraría ser altamente influyente en los escritores posteriores del siglo XX.
[editar] Alrededor del Surrealismo.
Puede afirmarse que las vanguardias cristalizaron, de una manera u otra, en torno al Surrealismo, ya que este movimiento sintetizó ideario político, las más modernas ideas intelectuales de la época y vocación vanguardista, y además alcanzó por igual a varios medios artísticos, incluyendo el por entonces naciente cine.
En 1916, en Suiza, mientras Europa se desangraba en la Primera Guerra Mundial, un grupo de artistas liderados por Tristan Tzara desarrollaron el concepto de rebelión total: el Dadaísmo, intento por renegar de todo dogma artístico establecido y de refundar el arte desde cero. El Dadaísmo terminaría fagocitándose a sí mismo porque el renegar de todo dogma se convirtió en sí mismo en un dogma, pero varios adeptos al movimiento dadá se inscribieron después en las filas del Surrealismo.
El Surrealismo ("superrealismo" o "sobrerrealismo" en francés) era un intento por ir más allá de la realidad, explorando no sólo el mundo físico, sino también el medio interno del ser humano, aprovechando para ello las teorías sobre el inconsciente que había desarrollado la Psicología gracias a Sigmund Freud y sus sucesores (a veces en abierta revuelta contra el propio Freud). Y encontró fortuna en la Pintura (Salvador Dalí, por ejemplo) tanto como en la Literatura (André Breton, por ejemplo), así como en el Cine (la película Un perro andaluz, por ejemplo). Los surrealistas también tomaron partido político por la izquierda, lo que fue origen de no pocos cismas y tensiones internos en el grupo.
En general, puede decirse que el Surrealismo expresó en el campo del arte, la voluntad general de construir un nuevo mundo sobre las cenizas de la Primera Guerra Mundial. Por eso, es lógico que su vitalidad terminara por agotarse al estallar la Segunda Guerra Mundial, aunque su estela pudo seguirse después en autores como Jean Paul Sartre y el Existencialismo, en particular por la vocación militante de estos intelectuales.
[editar] Hacia la globalización.
[editar] El mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial.
[editar] Las superpotencias y el equilibrio del terror.
Sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, un nuevo orden mundial emergió, en el cual las viejas potencias imperialistas europeas estaban por completo arruinadas; sus vastos imperios eran viejos carcamales políticos que pronto se disolvieron en medio del movimiento de la Descolonización, lo que aumentó el número de actores políticos mundiales desde una cincuentena hasta aproximadamente doscientos, en menos de medio siglo.
Sin embargo, este proceso de descomposición internacional sólo significó un cambio de amos. Tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética habían sobrevivido en buenas condiciones, y ahora estaban en condiciones de luchar frente a frente por la supremacía mundial. Ambos colosos estaban destinados a no entenderse, no sólo por cuestiones de política internacional, sino porque sus propias estructuras sociales y políticas eran diferentes: Estados Unidos era una nación republicana con un sistema electoral democrático y un sistema económico basado en el libre mercado, mientras que la Unión Soviética era un régimen totalitario gobernado por un sistema de partido único y un sistema económico de planificación estatal.
Empezó así la Guerra Fría, en la cual las dos potencias renunciaron a exterminarse mutuamente en una guerra masiva total, y en vez de ello empezaron a socavarse mutuamente en sus respectivas áreas de influencia, interviniendo en conflictos de escala menor, regional o continental. Metafóricamente, cayó un Telón de Acero sobre Europa, y por extensión sobre el mundo, separando a éste en dos esferas de influencia más o menos reconocibles, amén de varias zonas de influencia disputada, y que pronto se transformaron en puntos de fricción internacional. A esta lógica responden conflictos como la independencia de Israel (1948), el bloqueo de Berlín (1949), la Revolución China (1949), la Guerra de Corea (1950-1953), la intervención de la Unión Soviética en Hungría (1956), la invasión anglofranca contra el Canal de Suez (1956), la Revolución Cubana (1959), el desembarco en Bahía Cochinos (1961), la Crisis de los Misiles (1962), la Guerra de los Seis Días (1967), el aplastamiento de la Primavera de Praga (1968), la Guerra de Vietnam (1958-1975), el golpe de estado contra Salvador Allende (1973), la Guerra de Yom Kippur y la subsiguiente crisis energética (1973), la intervención soviética en Afganistán (1979-1986), etcétera. La renuncia al conflicto total derivaba de que la combinación de dos inventos de la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica y el misil balístico, hacían imposible que alguien pudiera sobrevivir a un ataque nuclear de represalia, no sólo por la aniquilación en sentido literal que ambos bandos deberían afrontar bajo el fuego nuclear, sino también porque el levantamiento de polvo del suelo por las explosiones generaría un invierno nuclear que oscurecería la Tierra por semanas o quizás meses, interrumpiendo la fotosíntesis y provocando una gran mortandad entre las especies (incluida la humana). A este panorama se le dio un acrónimo de humor negro: MAD ("loco", en inglés), sigla de Mutually Asegurated Destruction ("Destrucción Mutua Asegurada"). Este nuevo orden internacional recibió también el nombre de "equilibrio del terror".
[editar] Las nuevas organizaciones internacionales.
En medio de este panorama, se hizo evidente que los grandes problemas de la Humanidad sólo podrían resolverse actuando en conjunto. Ante el fracaso de la Sociedad de Naciones para evitar la Segunda Guerra Mundial, se reemplazó a este organismo por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la cual fue fundada en San Francisco en 1945; en 1948 dio un paso simbólico al proclamarse la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El Derecho Internacional, antaño fuertemente soberano, evolucionó también para recoger estas nuevas tendencias, que incluyen nociones como la justicia universal y el respeto irrestricto a los derechos humanos por sobre las respectivas jurisdicciones nacionales.
Además de mantener una destacada actuación política como foro mundial de las naciones, la ONU desarrolló una serie de organismos paralelos que tendieron a mejorar las condiciones de vida en todo el mundo. A la ya fundada Organización Internacional del Trabajo (OIT), absorbida ahora por la ONU, se sumaron la UNESCO, la FAO, la Organización Mundial de la Salud (OMS), etcétera.
[editar] Descolonización.
El movimiento nacionalista, que había marchado triunfante por la Europa del siglo XIX y se había impuesto en el Tratado de Versalles (1919) se contagió al resto del mundo. Así, numerosas naciones y etnias empezaron a buscar activamente la independencia. En 1947, el Imperio Británico abandonó la India, creando en su lugar dos estados: India (hindú) y Pakistán (musulmán), el cual a su vez se escindió en 1971, dando origen a Bangla Desh. En 1948, el sionismo vio llegado el momento de tener un nuevo Estado en Palestina, llamado Israel. En Africa, los imperios coloniales no tardaron en caerse a pedazos, muchas veces en medio de sangrientas guerras, como por ejemplo la emprendida por Jomo Kenyatta y los mau mau por la independencia de Kenya, o la de Argelia frente a Francia.
Todos estos movimientos generaron enormes problemas políticos. En general se aceptó el principio del uti possidetis para delinear a los nuevos Estados, pero sucedió que muchas veces, las fronteras de los dominios coloniales habían sido trazadas para conveniencia de los imperios europeos, separando o juntando etnias y naciones de manera completamente arbitraria. De esta manera, los nuevos estados cayeron pronto en la inestabilidad política o en férreas dictaduras, originando de paso catástrofes sociales tales como el genocidio de etnias minoritarias, o los desplazamientos masivos de refugiados más allá de las fronteras de su país natal. Los dominios coloniales, que habían sido gobernados simplemente para expoliar sus productos, con una atención mínima a las necesidades de las poblaciones nativas, eran más pobres que las naciones europeas, y en medio de las conmociones políticas y guerras civiles, la pobreza empeoró, y con ello las hambrunas y enfermedades. Empezó así a hablarse así de un Tercer Mundo, uno que no entraba ni le interesaba ingresar a la órbita capitalista o comunista, y que luchaba por su propia supervivencia.
A nadie se le escapó que estas nuevas naciones, si bien débiles por sí mismas, en conjunto representaban a la mayor parte de la población de la Tierra, y tampoco que el principio "un voto para cada nación" las llevaría pronto a controlar la Asamblea General de las Naciones Unidas. Hubo así variados intentos por articular a los países del Tercer Mundo, al margen de la voluntad de las superpotencias, quienes veían estos movimientos como una amenaza. El primer paso fue dado por la Conferencia de Bandung, celebrada en 1955, y que fue seguida de varios otros intentos por articular a estas naciones. En América Latina, quizás la iniciativa más importante en tal sentido sea el Pacto Andino, generado en 1967.
Asimismo, la miseria política y social de las nuevas naciones, en particular de las africanas, fue mitigada en parte por la intervención de los organismos internacionales dependientes de la ONU, y en parte por la acción de un nuevo tipo de órgano social, las ONG. La influencia de ambas en evitar una catástrofe humanitaria es algo que probablemente esté todavía por ser medido con certeza.
[editar] La explosión de la contracultura.
[editar] Años 50.
A contrapelo de la escalada en la tensión política mundial, en la vida cotidiana de Occidente se produjo un período de bonanza material y espiritual, graficado en el fenómeno del baby boom. El final de las penurias de la Segunda Guerra Mundial, además de una serie de adelantos tecnológicos caseros tales como los electrodomésticos y la televisión, generaron un sentimiento de confianza hacia el futuro.
Pero esta emoción no era generalizada. Esta década es también el tiempo de esplendor del Existencialismo, que era reflejo del pesimismo propio de la Guerra Fría, y que se planteó muchas veces como una crítica desde la izquierda al capitalismo defendido por los Estados Unidos. Los miedos de aquel tiempo, en particular a la bomba atómica, se sintetizaron en el cine de serie B, por ejemplo. También hubo una mayor represión y puritanismo sexual, como por ejemplo la cruzada emprendida contra el cómic desde la publicación del libro La seducción del inocente.
Alrededor de estos hitos creció la rebeldía juvenil de una generación completa que se negaba a aceptar el mundo conservador y tradicionalista de los adultos, que encontró desahogo en figuras como James Dean y su película Rebelde sin causa, en el movimiento poético beatnik, y especialmente en el naciente rock and roll y su primera gran superestrella, Elvis Presley.
[editar] Los hippies y la revolución de las flores.
La acumulación de presión social desde las nuevas generaciones provocó una rebelión generalizada en los sesentas, marcada por la cultura del movimiento hippie. Los jóvenes de la época leían libros como El guardián entre el centeno o En el camino, compraban historietas de la Marvel, escribían literatura experimental, escuchaban formas cada vez más sofisticadas de rock and roll, y se entregaban tanto al amor libre como a la cultura de la droga. A la larga, el movimiento hippie, basado en ideales tales como el regreso a la naturaleza, el pacifismo a ultranza y el rechazo a los valores sociales del materialismo y el consumismo, terminó engullido por la propia sociedad y vendido como un producto de consumo más, lo que motivó su disolución. Pero aún así, la llamada revolución de las flores dejó su impronta en movimientos tales como la gran rebelión estudiantil de 1968, o el megaconcierto de Woodstock (1969).
Mientras tanto, la tensión política había ido aminorando en el mundo. Después de la Crisis de los Misiles de 1962, que había puesto a la Humanidad al borde de la Tercera Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética buscaron formas más conciliadoras de manejar la política mundial, incluyendo la implementación del famoso teléfono rojo. El resultado fue la llamada Distensión. Influencia decisiva en el panorama mundial tuvo Henry Kissinger, secretario de estado del Presidente Richard Nixon, que inició un acercamiento a la China comunista de Mao Tsé Tung para contrarrestar la influencia rusa, así como numerosas maniobras de intervención en países extranjeros. Probablemente el mayor símbolo político de la época sea la Guerra de Vietnam, llevada adelante por sucesivas administraciones de Estados Unidos, y a la cual la juventud de dicha nación en masa se opuso con movilizaciones en masa.
El activismo político fue un sello de la época. No sólo se movilizó la gente contra Vietnam, sino que adquirió preponderancia el movimiento por los derechos civiles. Líderes como Martin Luther King y Malcolm X, por ejemplo, lucharon por la igualdad de derechos entre los blancos y los negros. También cobró importancia el movimiento feminista, que luchaba contra la discriminación de la mujer frente al varón.
[editar] El fin de la Guerra Fría.
[editar] Endurecimiento de la Guerra Fría.
Durante la década de 1970, el mundo empezó nuevamente a marchar hacia un ambiente de tensión política. Se produjeron movimientos conservadores en todo el mundo: los telepredicadores de Estados Unidos, el fortalecimiento del ala conservadora en el Vaticano, el llamado despertar islámico, etcétera.
En 1981 asumió Ronald Reagan como Presidente de los Estados Unidos. Con una política abiertamente agresiva hacia la Unión Soviética, a la que calificó sin ambages como el "imperio del mal", empezó a promover el final de la Guerra Fría mediante, entre otras estrategias, el establecimiento en el espacio exterior de un sistema de intercepción de misiles balísticos, la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica, bautizada socarronamente por la prensa como "Star Wars", por parecer tan de ciencia ficción como la película La guerra de las galaxias, en ese entonces de moda.
[editar] Glasnot y Perestroika.
En 1985 asumió Mijaíl Gorbachov como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. Con él se produjo una cierta renovación generacional de las altas cúpulas jerárquicas soviéticas, lo que llevó a un enfoque distinto y menos beligerante de la Guerra Fría. Emprendió entonces Gorbachov una serie de reformas administrativas, tendientes a otorgar progresivas libertades en el interior del régimen soviético. Estas políticas sociales y económicas fueron enmarcadas dentro de lo que se llamó la Perestroika (del ruso, "reestructuración"), y el nuevo espíritu político fue llamado la Glásnot (del ruso, "apertura").
En materia de política internacional, Gorbachov manifestó su voluntad de llegar a nuevos acuerdos, cuyo mayor exponente fue el tratado de desarme de 1987, que significó el final de la carrera armamentista entre las superpotencias. Sin embargo, los nuevos vientos soplaban también en los países de la órbita comunista, en los cuales empezaron a gestarse procesos de rebelión contra la hegemonía soviética.
En 1989, todas estas tendencias llegaron a su culminación, con varios hitos claves. En Alemania fue derribado el Muro de Berlín. En Rumania, el autócrata Nicolae Ceausescu fue derrocado, y poco después fusilado. Y en la propia Unión Soviética, ésta se declaró como disuelta, dando lugar a la Federación de Repúblicas Socialistas Soviéticas. A los pocos años, durante un golpe de estado promovido contra Gorbachov, Boris Yeltsin consiguió alzarse hacia el poder, y promovió un hondo proceso de reformas liberales. El régimen comunista terminó así de desplomarse, y Rusia cayó en el caos económico, mientras algunos grupos económicos vinculados a las mafias rusas consiguieron hacerse con el control político del país.
[editar] Consecuencias del derrumbe de la Unión Soviética.
La caída del bloque comunista provocó una serie de cambios políticos internacionales. Dentro del propio ámbito antiguamente comunista convivían una serie de problemáticas étnicas y religiosas oprimidas durante años por el autoritarismo soviético, y que estallaron con toda su fuerza. Así, la antigua Yugoslavia, ahora disuelta, se fragmentó en naciones como Serbia y Croacia, que muy pronto se hicieron la guerra entre sí. Por otra parte surgieron movimientos separatistas, como el de Chechenia, duramente reprimido por los nacionalistas rusos. Muchas naciones del antiguo bloque comunista miraron hacia la Europa Occidental, buscando y consiguiendo su ingreso a la flamante Unión Europea.
El camino de la Unión Europea había sido largo. En 1949 la unión comercial de Bélgica, Holanda y Luxemburgo había dado lugar al Benelux, que funcionó en parte como un modelo en miniatura para lo que después iba a ser la Comunidad del Carbón y del Acero; de ella se gestó la Comunidad Económica Europea. En el mismo 1989 en que se desplomaba el bloque soviético, la primitiva comunidad económica derivó en una relativa unidad política, generando un Parlamento Europeo. La unión de las naciones europeas no estuvo exenta de distintas fricciones, en particular considerando el largo historial de tensiones nacionalistas y guerras entre distintas naciones, resultando en ese sentido emblemática la unión de Francia y Alemania Occidental en un proyecto económico y político paneuropeo común, así como la tardía unión de Inglaterra a la Comunidad Económica Europea. Este proceso de unificación se vio complicado después de 1989, con la incorporación de nuevos actores políticos (los países de Europa del Este), en particular debido a los frágiles equilibrios derivados de la existencia de una moneda común, el euro.
Fuera de Europa, China avanzó en su propio camino. Después de la muerte de Mao Tsé-Tung, en 1976, se produjo una apertura en el régimen comunista chino, el cual intentó la empresa de generar una economía de mercado sin sacrificar el régimen político comunista de partido único. Después de 1989, sin la tutela de la Unión Soviética, China consiguió imponerse en el mundo como una de las más grandes superpotencias.
Por su parte, el fin de la Guerra Fría trajo a Estados Unidos una década de relativa paz y prosperidad. Es sintomático que los estadounidenses hayan dejado de votar en este período a los republicanos, tradicionales representantes del nacionalismo, para darle el poder al Partido Demócrata, con Bill Clinton a la cabeza (1992-2000).
En América Latina, por su parte, después de un largo período de dictaduras, se produjo una liberalización política que llevó a la construcción de nuevos regímenes democráticos. Sin embargo, no en todos los casos éstos resultaron exitosos, y los tradicionales pronunciamientos militares o los estallidos populares no desaparecieron por completo del mapa.
[editar] Globalización y "choque de civilizaciones".
[editar] Las tecnologías de la globalización.
En forma paralela a la drástica reducción en el número de superpotencias mundiales, el avance de la occidentalización se vio apoyado por toda una serie de nuevos inventos que aceleraron las comunicaciones a lo largo de todo el planeta. Ya el telégrafo en 1847 había contribuido a conectar lugares lejanos casi en tiempo real, y luego el teléfono, la telegrafía sin hilos y numerosos otros aparatos permitieron la comunicación a grandes distancias. A comienzos del siglo XX se masificaron tanto la radio como el cine, que sirvieron como vehículos de la cultura occidental hacia tierras a veces muy distantes; a estos dos inventos se sumó, desplazándolos en buena medida aunque sin llegar a reemplazarlos, la televisión. Surgió también la moderna publicidad de masas.
Todos estos inventos permitieron que las ideas viajaran a distancias cada vez mayores. En la década de 1960 empezó a hablarse seriamente de la aldea global, para describir este fenómeno. Sin embargo la computación, la tecnología decisiva para la globalización aún estaba en pañales. El primer computador fue ENIAC, desarrollado en el ambiente universitario en 1943, pero los computadores no empezaron a mostrar su verdadero potencial sino hasta la aparición del microtransistor. A partir de entonces, era sólo cuestión de tiempo antes de que se desarrollaran conceptos tales como Internet, correo electrónico, intercambio de archivos en línea, la blogósfera, etcétera.
Aunque es demasiado prematuro señalar hacia dónde llevan estos cambios, lo cierto es que la combinación de revolución informática y otra nueva línea de avances, la ingeniería genética, han llevado a un cambio de la mismísima concepción del ser humano, desplazando al menos en parte las ideas humanistas sostenidas desde el Renacimiento, y en particular desde la Revolución Francesa. Este cambio ha encontrado concreción artística en un nuevo movimiento cultural, el cyberpunk, que siguiendo las pautas de integración multimedia de la globalización, concentra cine, música, televisión, literatura y moda a su alrededor.
[editar] La cultura de la globalización.
La globalización ha producido también un gran intercambio cultural a nivel planetario. Aunque sin duda es la cultura occidental en su versión estadounidense la que ha tenido mayor difusión, a través del control de los medios de comunicación, no es menos cierto que esta misma cultura ha ido a buscar inspiración muchas veces en las culturas no occidentales. Así, el rock and roll hunde sus raíces en el jazz y aún más atrás, en los ritmos de la música del Africa negra, mientras que la animación se ha visto fuertemente influida por la cultura del manga y del anime, procedente de Japón, por mencionar dos ejemplos.
Los nuevos medios de comunicación introdujeron una aceleración en el ritmo de cambio de las modas, las tendencias y los referentes culturales. Esto es bien visible en el caso de la música rock, entendida en su sentido más amplio, que ha experimentado una serie de cambios y mutaciones que la han hecho prácticamente irreconocible. Por su parte, conviven en los cines y en la televisión los más diversos géneros cinematográficos.
La aceleración llegó al máximo con Internet, que posibilitó por primera vez el intercambio masivo de información en tiempo real. La consecuencia es el surgimiento de una simultaneidad, lo que produjo, a su vez, la fragmentación de las distintas culturas en tribus urbanas de distinto tipo. Entre las distintas culturas tribales que existen o han existido ya prácticamente sin fronteras, podemos considerar a vía de ejemplo el punk, el hippismo, el cyberpunk, el movimiento biker, el movimiento gótico, los skinheads, etcétera. La coexistencia de estas distintas manifestaciones culturales no siempre es tolerante y pacífica; la propagación por vía de globalización ha llevado a que se propaguen también las ideas contrarias a la globalización.
[editar] Globalización y antiglobalización.
El empuje del movimiento globalizador ha llevado al problema de tomar postura frente al mismo. Quienes son favorables a la globalización argumentan que ésta facilita el libre intercambio de ideas, la expresión individual y el respeto por los derechos de las personas, además de que debido al progreso tecnológico este fenómeno es virtualmente imparable. Sus detractores, en cambio, opinan que la globalización es unilateral, ya que promueve una cultura particular (la estadounidense) como aquella que debiera imponerse a todo el planeta, que la globalización arrasa con las minorías culturales, lingüísticas y religiosas en el resto del mundo, y que los defensores de la globalización la fomentan para defender sus propios intereses económicos.
Los atentados que llevó a cabo Al Qaeda contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, llevaron el conflicto entre globalización y antiglobalización a un nuevo nivel, poniendo de moda el tópico del choque de civilizaciones. Los atentados dejaron en claro la fortaleza de aquellos grupos que se niegan a aceptar con los brazos abiertos a la cultura occidental; la suprema ironía es que dichos grupos, por su parte, se apoyan en el propio sistema occidental (tecnología occidental, sistema económico occidental) para llevar a cabo sus ataques contra Occidente.
Debido a todas estas revoluciones tecnológicas, manifestaciones culturales y cuestiones políticas y sociales, es demasiado complicado aventurar el final del proceso. Lo que sí parece claro, es que Francis Fukuyama parecía haber errado el tiro cuando anunció, en los tiempos de la caída de la Unión Soviética, que la historia tendía ineludiblemente hacia sistemas liberales, y cuando éstos se conseguían, estábamos ante el fin de la historia. La historia desde entonces no se ha detenido, y puede especularse sobre si los habitantes del siglo XXI y después, considerarán que los fenómenos entre la caída de la Unión Soviética y el atentado contra las Torres Gemelas son un nuevo desarrollo de aquellas características más propias de la Edad Contemporánea, o si se trata de una nueva época completamente distinta en la historia.
[editar] Anexos.
[editar] Material adicional.
[editar] Referencias.
[editar] Enlaces externos.
- Artehistoria: 1789-1848.
- Artehistoria: 1848-1914.
- Artehistoria: 1914-1945.
- Artehistoria: 1945-1975.
- Artehistoria: 1975-2001.
[editar] Bibliografía.
- HOBSBAWM, Eric J. (1987), Las Revoluciones Burguesas (The Age of Revolution. Europe 1789-1848), Barcelona: Labor. ISBN 84-335-2978-1.
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- HOBSBAWM, Eric J. (1987), La Era del capitalismo (The Age of Capital 1848-1875), Barcelona: Labor. ISBN 84-335-2983-8.
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- HOBSBAWM, Eric J. (1989), La Era del Imperio (The Age of Empire 1875-1914), Barcelona: Labor. ISBN 84-335-9298-X.
- HOBSBAWM, Eric J. (1995), Historia del Siglo XX (The Age of Extremes. The short twentieth century 1914-1991), Barcelona: Crítica. ISBN 84-7423-712-2.
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[editar] Siglo XX
- El feminismo y la revolución sexual
- Nuevos actores sociales: homosexuales, consumidores, movimientos antirracistas, movimientos juveniles, derechos del niño
- Desarrollo y subdesarrollo
- La Sociedad de la Información
[editar] Siglo XXI
- El mundo globalizado
- Internet: Un mundo comunicado
- Empresas multinacionales:Comercio y cadenas de valor globales
- Migraciones
- China y la emergencia de Asia
- La nueva guerra mundial: El Terrorismo
- Mundo rico, mundo pobre
- La nueva cuestión social
[editar] Véase también
Para las historias nacionales, como por ejemplo Historia de España, ver Categoría:Historia por continenteen:modern times (history) fr:époque contemporaine

