Cuento de terror
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El cuento de terror (también conocido como cuento de horror o cuento de miedo), considerado en sentido estricto, es toda aquella composición literaria breve, generalmente de corte fantástico, cuyo principal objetivo parece ser provocar el escalofrío, la inquietud o el desasosiego en el lector, definición que no excluye en el autor otras pretensiones artísticas y literarias.
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[editar] Introducción
[editar] Contexto
Un cuento de terror sería, por tanto, un relato literario y no oral, ya que, si bien existe una amplia y antiquísima tradición de cuentos con dichos contenidos, probablemente por tratarse de relatos transmitidos de boca en boca, nunca han recibido otra denominación que la de “cuentos” o “leyendas” a secas. Ni siquiera cuentos infantiles, aunque de índole terrorífica (e inscritos en la tradición oral en su día), como La Cenicienta, de Charles Perrault, o Caperucita roja y Blancanieves, de los Hermanos Grimm, reciben la denominación de “cuentos de terror”, que parece haber sido acuñada expresamente para las obras mayores del género aparecidas entre los siglos XIX y XX. Imagen:SnowWhite.png
[editar] El cuento tradicional
La definición más amplia confunde, sin embargo, en muchos casos el cuento de terror (más bien el 'cuento de miedo') con el “cuento” tradicional. Se conocen cuentos desde siempre, desde la más remota antigüedad. Este tipo de historias o leyendas se alimenta primordialmente de los diversos miedos "naturales" del hombre: la muerte, las enfermedades y epidemias, desgracias de todo tipo, catástrofes naturales... Relatado por los viejos del lugar al amor del fuego en noches propicias, el cuento de miedo es elemento típico del folklore de los pueblos, y ha sido una de las primeras formas culturales de la humanidad, tan antigua, sin duda, como la épica, la magia y la religión, de las cuales igualmente se nutría. Pensemos en los dioses y demonios, los buenos y malos espíritus, los monstruos, leviatanes, magos y adivinos que, a través de los mitos, leyendas, epopeyas y epopeyas mitológicas, han asustado al hombre a lo largo de toda la Antigüedad, en culturas tan dispares como las de la India, Japón, Mesopotamia, América del Sur, Grecia, pueblos nórdicos y celtas...
Se entrecomilla de esta manera al Mal, buscando atemorizar con él a las buenas gentes, quizá a fin de exorcizarlo o sólo por advertir de sus peligros. Así, el cuento de miedo llega en muchos aspectos a confundirse en la forma y en el fondo con las citadas expresiones originales del espíritu colectivo (¿no supone la propia Biblia un buen muestrario de relatos terroríficos?), cosa que no es de extrañar, dados los resortes anímicos tan sutiles que suelen remover en el lector o en la audiencia sus espinosos contenidos.
En la Edad Media las crónicas y anales oficiales y oficiosos aparecen salpicados de todo tipo de datos, supersticiones y consejas que versan sobre ogros, aparecidos, brujas, duendes, vampiros, hombres lobo y otros seres y animales malditos. En todos los países se ha asustado siempre a los niños con los demonios indígenas respectivos, y más en concreto en los de habla hispana, con las distintas variantes de el El Coco, el Hombre del saco y el Sacamantecas. La antigua tradición de la alquimia, las ciencias ocultas y las sectas prohibidas, inspiraron igualmente multitud de fábulas y narraciones orales y escritas, largas y cortas, unas tirando a lo didáctico y benévolo y otras directamente a lo terrible; historias genuinas y deformadas en infinitas versiones, y dirigidas a un público en el que no se diferenciaban las edades.
Volviendo al terreno literario (y ciñéndonos en todo momento a la literatura occidental), difícilmente se entiende el hecho de que, pese a tratarse de una modalidad con tan venerables precedentes y que ha contado entre sus cultivadores con algunos de los mejores escritores, tanto en Occidente como en el Oriente, de todas las épocas, hoy en día se trate al objeto de este artículo con una cierta distancia, sin duda despectiva, como vulgar literatura “de género”, fenómeno debido tal vez a las connotaciones negativas adquiridas por el contacto, en los últimos años, con cierto tipo de cine y otras manifestaciones audiovisuales de baja calidad y peor gusto (el subgénero conocido como gore, de origen anglosajón).
[editar] Tipos
Puede ayudar a precisar el tema una definición muy aguda del género debida al médico y estudioso español Rafael Llopis, responsable de algunas de las, hoy por hoy, más importantes antologías aparecidas en lengua castellana (Los Mitos de Cthulhu, Antología de cuentos de terror...):
- Lo que caracteriza al verdadero cuento de miedo es la aparición de un elemento sobrenatural e inexplicable, totalmente irreductible al universo conocido, que rompe los esquemas conceptuales vigentes e insinúa la existencia de leyes y dimensiones que no podemos ni intentar comprender, so pena de sufrir graves cortocircuitos cerebrales.
He aquí una referencia clara al cuento de terror literario, aunque parece más bien restringirse al modelo y espíritu de uno de los grandes representantes de la modalidad: H. P. Lovecraft. Pero lo que habría que destacar sin duda es el elemento "sobrenatural", hoy también conocido como "paranormal".
Llopis, por otra parte, hace oscilar el género de la novela larga al relato breve, de lo irreal al realismo, del realismo al onirismo, del cuento al informe técnico, del informe técnico a la ciencia-ficción, de ésta al misticismo, etc., en sucesivas oleadas.
El escritor y especialista británico L. P. Hartley describía una de sus variedades, el cuento de fantasmas, como la forma más exigente del arte literario.
Los compiladores Michael Cox y R. A. Gilbert ("Historias de fantasmas de la literatura inglesa", Edhasa), acerca de esta misma variedad, sostienen que
- los protagonistas fantasmales deben actuar con intencionalidad; sus acciones, o las consecuencias de las mismas, deben constituir el tema central del relato, en lugar de las acciones de los vivos. Y, lo más importante, todo fantasma, sea humano, animal o cadáver reanimado, debe estar indiscutiblemente muerto.
El antologista norteamericano David G. Hartwell (responsable, entre otras contribuciones, de la antología The dark descent, traducido como “El gran libro del terror” por Ed. Martínez Roca), afirma que al final de un cuento de terror, el lector se queda con una nueva percepción de la naturaleza de la realidad, y divide la literatura de terror en tres corrientes: 1. La alegoría moral (relatos sobrenaturales). 2. La metáfora psicológica (psicopatologías varias), y 3. Lo fantástico (la moderna mezcla de ambas).
Anteriormente, los escritores y compiladores argentinos Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, a juzgar por el principio de selección que pareció animarlos a la hora de reunir los materiales de su célebre Antología de la literatura fantástica (1965), solaparon en gran medida el relato fantástico con el de terror, lo que no ayuda precisamente como guía a aquellos con vocación clasificadora. Borges y compañía afirmaban en el prólogo de la obra citada que no hay un tipo de cuento fantástico, sino muchos. Lo mismo puede aplicarse al cuento de terror. Pero tan absurdo es ya dividirlo en cuentos de vampiros, de fantasmas, de muertos vivientes, etc., como atender a criterios puramente técnicos o estructurales para su estudio. El grado de sofisticación literaria en este campo concreto (como en cualquier otra manifestación artística, a la vuelta del siglo XX, lo que en música se conoce por “mestizaje”) ha llegado a tal punto que difícilmente resultará verosímil —meramente productivo— otro criterio de selección que el meramente histórico.
[editar] Técnica
Dejando aparte las fuentes tradicionales, nutridas de la cultura y la historia de los pueblos, el cuento de terror literario trata de vérselas y hacerse eco de esos espantos mucho más personales que nos persiguen y agobian a través de las pesadillas. Un cuento de terror no supone, en realidad, más que un intento de recrear con fines catárticos (si bien no falta quien afirme que sádicos) tales mundos oníricos, con todo lo de estrambótico y siniestro que contienen, aunque acatando siempre unas determinadas reglas. Sólo hay una salvedad: al final, llegada la necesidad, no le asiste a uno el recurso de despertarse.
Como producto artístico, el cuento de miedo se ve constreñido, pues, por una normativa procedimental característica. Tres son los elementos o exigencias fundamentales que debe cumplir. En primer lugar, ha de verificarse un cuidado muy especial en el diseño del clima, la "atmósfera" que rodea los siniestros acontecimientos de marras, aspecto este en el cual los grandes autores se evidencian a menudo como auténticos virtuosos.
El cuentista suele asimismo trabajar con gran detalle el desarrollo narrativo, la gradación de efectos, es decir, la estructura secuencial de la historia, de manera que contribuya en todo lo posible a la suspensión de la credulidad del lector, a la verosimilitud (tan apreciada o más que la propia originalidad por Poe); lo que se pretende suscitar en el lector es el miedo, y está de sobra demostrado que a tal efecto prima una mecánica lenta y gradual.
Todo cuento de terror, finalmente, como se ha dicho, resulta en un pequeño tratado sobre el Mal en alguno de sus infinitos rostros y formas, por lo que, en principio, conviene obviar toda otra consideración, moralista o sensible, a la hora de abordar su ejecución o su lectura.
[editar] Antecedentes
Los antecedentes inmediatos del formato breve, como tal, hay que buscarlos, no obstante, en el largo, más en concreto en la llamada 'novela gótica' (ver literatura de terror gótico), que floreció en la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX, en tierra de nadie entre racionalismo y romanticismo. Los grandes novelistas góticos, inspirados principalmente en el romanticismo alemán y en autores como Daniel Defoe, S. T. Coleridge, el Marqués de Sade, y sin duda en los demonios de Goethe y los fantasmas de Shakespeare, entendieron por sobrenatural un tétrico submundo poblado de nobles atrabiliarios, espectros aulladores y monjas ensangrentadas, pululando en infernal mezcolanza por lóbregas catacumbas de vetustos castillos marcados por alguna oscura maldición, convenientemente subrayada a cada paso por rayos, truenos y centellas de tormenta.
El inglés Horace Walpole fue el padre de la exitosa serie (El castillo de Otranto, 1764). Años más tarde, tuvo como destacados continuadores a la escritora Ann Radcliffe (Los misterios de Udolfo, 1794), a Matthew G. Lewis (El monje, 1796) y Charles Maturin (Melmoth el errabundo, 1820), sin olvidar a la que fue precursora de la ciencia-ficción Mary Shelley (Frankenstein o el Moderno Prometeo, de 1817). También cabría mencionar aquí la novela Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805), del polaco Jan Potocki.
[editar] Primeras muestras
Entre los primeros cuentistas propiamente dichos, es preciso nombrar al alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), a quien Lovecraft llegó a tachar de ligero y extravagante, pero cuyo talento pionero anticipó muchos de los temas y formas que dominarían en años posteriores, incluyendo la ciencia-ficción, a través de títulos como El magnetizador, El hombre de arena o Los autómatas.
El francés Charles Nodier (1780-1844), bibliotecario de enorme prestigio en su tiempo, además de filósofo, científico y alborotador político, a raíz de su devoción por Hoffmann, dejó a la posteridad un nutrido ramillete de obritas repletas de brujas, vampiros y espectros varios, a medias entresacados de la tradición popular y de su propia cosecha. En ellas se aúna la sencillez de diseño y el delicioso sonsonete del viejo cuento de aparecidos: El vampiro Arnold-Paul, El espectro de Olivier, Las aventuras de Thibaud de la Jacquière, El tesoro del diablo.
Imagen:Becquer.jpg Escritores netamente románticos como Théophile Gautier, Prosper Mérimée, Walter Scott, Víctor Hugo, Washington Irving y el Barón de la Motte-Fouqué, se sintieron pronto atraídos por la nueva corriente, contribuyendo de una u otra forma, y con desigual fortuna, a la misma, si bien ninguno de ellos puede considerarse con rigor especialista en el cuento de terror propiamente dicho.
Algo posterior, en España, el romántico tardío Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) fue muy aclamado por sus Leyendas las cuales contienen algunos cuentos de miedo de extraordinario mérito (El monte de las ánimas, El miserere, Maese Pérez el organista...).
[editar] Los grandes clásicos
El norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) y el irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1818-1873) son comúnmente considerados los dos autores que abrieron camino en el género. De Le Fanu se dice que es el fundador del relato de fantasmas ("ghost story") moderno en Gran Bretaña (El fantasma de la Señora Crowl, Té verde, El vigilante, Dickon el diablo...), modalidad que tanta repercusión tendría luego en la época victoriana. Pero lo que lo asemeja a Poe es el novedoso tratamiento que da al fenómeno maléfico. La fácil explicación racional, y mucho más, el desenlace moralista positivo (la mano de la Providencia Divina surgiendo de un modo u otro al final para poner las cosas, al monstruo, al bueno y al malo, en su sitio) serán desterrados definitivamente por estos autores. Ambos, además, inaugurarán el llamado "terror psicológico", más atento a la "atmósfera" de la historia y a medir los efectos emocionales que al mero susto.
Con Poe, el cuento de terror alcanzará, tan pronto, hacia los años 30 del siglo XIX, sus más altas cimas. El norteamericano es maestro absoluto del género porque, en primer lugar, lo es de la técnica del relato breve en sí. Por un lado su instinto y por otro su gran bagaje poético, le permitieron incorporar el arte, la música, la misma poesía, hasta los efectos distorsionantes de los alucinógenos, a un ámbito que él sabía muy exigente y especializado; a tal fin decidió que era preciso despojarlo previamente de todo lo accesorio, todo aquello que no contribuyera al efecto puntual deseado (las citadas consideraciones, sociales, morales, religiosas...). En sus poderosas fantasmagorías no se trasluce otra cosa que una imaginación y una inteligencia portentosas rígidamente al servicio de un designio artístico. Ningún otro autor, antes o después, ha sabido evocar o, más bien, inventarse de la nada (pues no se fundamentó en una tradición específica) atmósferas malsanas de pesadilla como él, hilvanar las escenas con tan infernal habilidad, culminar las historias con tan sonora consistencia. (Títulos: El gato negro, La caída de la Casa Usher, El barril de amontillado, El corazón delator, por citar sólo unos pocos.)
Al igual que Herman Melville, el propio Poe alabó a su contemporáneo y compatriota Nathaniel Hawthorne (1804-1864) como hombre de genio. Este autor, aunque gran estilista, se hallaba muy lastrado por el rígido puritanismo en que se formó (un pariente suyo fue juez en los procesos contra la brujería celebrados en Salem), y no supo o no quiso transmitir a sus historias ni la fuerza ni el desgarro artístico que admiran en aquél. (Títulos: Wakefield, El velo negro del ministro, El experimento del Dr. Heidegger.)
En Francia, los alsacianos Erckmann y Chatrian, nacidos en 1822 y 1826, respectivamente, cultivaron un estilo campechano muy eficaz, con grandes influencias alemanas (Hugo el lobo, El burgomaestre embotellado). Imagen:GDMaupassant.jpg Pero es al también francés Guy de Maupassant (1850-1893), discípulo de Flaubert y admirador de Poe, a quien debe la literatura europea de terror algunas de sus mejores piezas. Sus hondas convicciones naturalistas generaron, probablemente, los acusados tintes emocionales presentes en sus mejores cuentos. Sus temas fueron el pánico, la soledad, la locura, la perdición. (Títulos: El Horla, ¿Quién sabe?, La cabellera, ¿Loco?)
El terror recuperó con el periodista norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914?) toda la garra y la intensidad que había desarrollado Poe en sus orígenes. En sus arrebatadoras fantasías, muchas de ellas ambientadas en la Guerra de Secesión americana, el terror pánico acecha siempre en las cercanías, y en el momento de desatarse parece decidido a devorar vivos literalmente a los personajes. (Títulos: La cosa maldita, La muerte de Halpin Frayser, Un habitante de Carcosa, La ventana tapiada...).
[editar] Pleno desarrollo
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el terror encontró un grupo de dignísimos cultivadores entre los grandes narradores de la época: Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, Arthur Conan Doyle, H. G. Wells, Henry James, Bram Stoker... El cuento de fantasmas viviría su apogeo en la época victoriana y en los comienzos del siglo XX, alcanzando niveles nunca vistos de calidad y sofisticación. La lista de representantes ingleses es interminable: Saki, Vernon Lee, F. Marion Crawford, E. F. Benson, Richard Middleton, L. P. Hartley, H. Russell Wakefield, Edith Wharton, M. P. Shiel, R. W. Chambers, Hugh Walpole...
De este periodo es preciso reseñar a dos autores: M. R. James (1862-1936) y Algernon Blackwood (1869-1951), con quienes culmina el cuento de fantasmas victoriano. Blackwood es un gran cultivador del terror fantasmagórico, pero en ocasiones aporta al género un elemento desconocido hasta el momento, como es el horror enmarcado en majestuosos parajes de naturaleza virgen, adornado de connotaciones paganas (en esto se equiparará a Machen). (Títulos: El Wendigo, Los sauces, La casa vacía, Culto secreto.)
M. R. James, erudito y profesor universitario, fue gran amante de la obra de Le Fanu, a quien consideraba el más grande escritor de lo sobrenatural. Sus espectros, criaturas siempre extrañas e inesperadas que unas veces escapan de profundos escondrijos excavados en cementerios y catedrales y otras se confunden con la luz diurna y los objetos más familiares, prefiguran muchos de los horrores "cotidianos" que las generaciones posteriores pondrían de moda. (Títulos: El sitial del coro, Silba y acudiré, El álbum del canónigo Alberico.)
El galés Arthur Machen (1863-1947) fue el autor que enterró definitivamente los exhaustos horrores góticos. Encontró su principal fuente de inspiración en las antiguas leyendas romanas y celtas de su tierra; al intentar una especie de neopaganismo, anticipó la teogonía macabra desarrollada por su seguidor más notable, H. P. Lovecraft. (Títulos: El gran dios Pan, La pirámide ardiente, El pueblo blanco, Los tres impostores.)
[editar] Lovecraft y compañía
H. P. Lovecraft (1890-1937), norteamericano de Providence, es reconocido por la crítica, junto a Poe, como el máximo exponente del cuento de terror. Su aportación más importante fue el llamado "cuento materialista de terror". Mezclando el espanto con la ciencia-ficción, se trata de una narración de horror cósmico que propone una nueva mitología plena de escalofriantes dioses y monstruosidades arquetípicos; se ha dicho que se trata de la última mitología que ha conocido Occidente: los Mitos de Cthulhu. Devoto de Poe, sus otras fuentes conocidas son el fantástico y enigmático mundo de los sueños, la historia y el paisaje de Nueva Inglaterra, su tierra, y un selecto grupo de autores de su predilección: William Hope Hodgson, Lord Dunsany, Arthur Machen, Algernon Blackwood, et alii. (Títulos: El horror de Dunwich, La sombra sobre Innsmouth, En la noche de los tiempos, El clérigo malvado...).
Pese a sus hábitos e idiosincrasia saturninos, Lovecraft conoció en vida una nutrida camarilla de imitadores y seguidores que formaron con él el llamado Círculo de Lovecraft. Entre estos se encuentran algunos de los más sólidos cuentistas de esa generación: Robert Bloch, Fritz Leiber, Frank Belknap Long, Clark Ashton Smith, August Derleth, Robert E. Howard...
Para cerrar esta época, conviene hacer referencia al inglés Walter de la Mare (1873-1956), uno de los mejores estilistas del género, maestro del terror psicológico y urdidor de extrañas y exquisitas tramas protagonizadas por los sueños, la ansiedad y una callada desesperación. (Títulos: La tía de Seaton, La orgía: un idilio, Todos los santos, La trompeta.)
[editar] Los últimos años
A partir de los años 70 del siglo XX, el terror literario registra una acusada tendencia a la novela larga en detrimento del cuento. Entre los más conocidos autores contemporáneos, en su mayoría norteamericanos, hay que mencionar a Robert Aickman, T. E. D. Klein, Dan Simmons, Ramsey Campbell, Theodore Sturgeon, los clásicos Richard Matheson, Ray Bradbury, el joven (en los 80) y rompedor Clive Barker y el omnipresente e irregular Stephen King. Casi todos estos autores han cultivado con acierto la ciencia-ficción, especialmente Bradbury y Matheson.
[editar] En castellano
La influencia de la literatura fantástica anglosajona se observa muy señaladamente en la obra de los argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, a partir de las primeras décadas del siglo XX. Aunque el subgénero de cuento gótico o de terror no fue el más desarrollado por estos autores y por sus continuadores (Silvina Ocampo, Juan Rodolfo Wilcock...), sí lo es el cuento fantástico, que normalmente trata de recrear un proceso de extrañamiento operado en la vida cotidiana, mostrándose un punto de vista de la realidad poco corriente, con visos de terror a partir de esta situación.
Por tal motivo, en la obra de Borges y Bioy se rinde culto a los por ellos considerados maestros de la narrativa breve: Edgar Allan Poe, R. L. Stevenson, G. K. Chesterton, Lord Dunsany, Nathaniel Hawthorne, Henry James, lo que se advierte en las colecciones que editaron en los años 50, en Buenos Aires, que incluyen a éstos y otros muchos autores ingleses y estadounidenses de terror, del género policial y de misterio. Imagen:Cortázar.jpg De habla hispana, cabe mentar como auténticos especialistas en el cuento de miedo, a dos continuadores de Edgar Allan Poe en castellano, el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937: El síncope blanco y otras historias) y el argentino Julio Cortázar (1914-1984): Casa tomada, Todos los fuegos el fuego, La noche boca arriba... El mexicano Carlos Fuentes ha cultivado igualmente el género (Aura, Cumpleaños, Inquieta compañía).
En España, aparte del ya mencionado Bécquer, a lo largo de los siglos XIX y XX, escribieron cuentos de miedo, entre otros, autores destacados como Emilia Pardo Bazán, Pedro Antonio de Alarcón, Wenceslao Fernández Flórez y Noel Clarasó. Y más modernamente: Emilio Carrere, Juan Perucho, Alfonso Sastre, Leopoldo María Panero, José María Merino, Javier Marías, Luis Mateo Díez, Cristina Fernández Cubas, Pilar Pedraza, José María Latorre, Javier Casis, Gregorio Morales, etc.
[editar] Publicaciones en castellano
Las editoriales en castellano nunca han parecido muy dispuestas a fomentar el género entre las nuevas generaciones de escritores. No obstante, concretamente en España, desde los años 60 del siglo XX, no han dejado de aparecer antologías de relatos macabros procedentes de poderosos sellos editoriales anglosajones, prefiriéndose la importación del material a la creación vernácula. Tenemos así las múltiples ediciones en rústica de Editorial Bruguera (Las mejores historias insólitas, Las mejores historias de ultratumba, Las mejores historias de fantasmas...), a cargo de compiladores de prestigio en la materia como Kurt Singer, Forrest J. Ackerman o A. van Hageland, así como las numerosas ediciones a cargo de las añejas editoriales Grijalvo, Molino, Acervo y Vértice.
De Alianza Editorial contamos con las cuidadas selecciones de Rafael Llopis antes citadas, traducidas por él mismo con la ayuda del traductor y gran especialista Francisco Torres Oliver. Editorial Edhasa publicó en 1989 la canónica Historias de fantasmas de la literatura inglesa, de Cox y Gilbert. Ed. Martínez Roca había sacado en 1977 la también excelente Relatos maestros de terror y misterio, editada por Agustí Bartra. Esta misma editorial, en los años 80 y 90, ofertó nutridas selecciones de revistas norteamericanas de importancia, como Twilight Zone (Dimensión Desconocida), que suponen un amplio muestrario de las últimas y eclécticas tendencias. Más recientemente, de la especializada Editorial Valdemar, junto a otros muchos títulos, Felices pesadillas, en dos generosos volúmenes, y han surgido además iniciativas nuevas como las protagonizadas por las editoriales Minotauro, Jaguar y Factoría de Ideas.
[editar] Hitos del género
Tomando como referencia los títulos que se acaban de citar, podría aventurarse una lista selecta de cuentos de terror, en orden a la especial atención que han recibido tradicionalmente por parte de antologistas y críticos:
El gato negro, La caída de la casa Usher, El barril de amontillado, El corazón delator, "Ligeia", "Berenice", "El retrato oval", Los hechos en el caso del sr. Valdemar de Poe. El horror de Dunwich, La sombra sobre Innsmouth, "El ser en el umbral", "El que susurra en la oscuridad", "La sombra fuera del tiempo", "La llamada de Cthulhu", "Las ratas en las paredes" de Lovecraft, El Horla, "La noche" de Maupassant, Un terror sagrado, La ventana tapiada, La cosa maldita, Un habitante de Carcosa de Ambrose Bierce, El rincón alegre, La renta espectral, Sir Edmund Orme de Henry James, *El enemigo, de Chejov, Té verde, "Schalken el pintor", El fantasma de la sra. Crowl de Sheridan Le Fanu, El armario, de Thomas Mann, La pata de mono, de W. W. Jacobs, Silba y acudiré, "El conde Magnus", "El maleficio de las runas", "Panorama desde la colina", "Mr. Humphreys y su herencia", El diario de Mr. Poynter, Los sitiales de la catedral de Barchester, El grabado de M. R. James, El guardavías, de Dickens, Las ratas del cementerio, de Henry Kuttner, *Una rosa para Emily, de Faulkner, *Luvina, de Juan Rulfo, *El médico rural, de Kafka, *Las hermanas, de Joyce, El fumador de pipa, de Martin Armstrong, El burlado, de Jack London, Vinum Sabbati (o El polvo blanco), "El pueblo blanco", "El gran dios Pan", "El sello negro", "La pirámide resplandeciente", "N" de Arthur Machen, Janet, cuello torcido, "Olalla", "El ladrón de cadáveres" de Stevenson, El Wendigo, "Los sauces", "El hombre al que amaban los árboles", "Antiguas brujerías", "Culto secreto", "Descenso a Egipto" de Algernon Blackwood, La casa del juez, de Bram Stoker, La habitación de la torre de E. F. Benson, "El hijo", "El espectro", "El almohadón de plumas", "La gallina degollada" de Horacio Quiroga, Casa tomada, "Circe", "Cartas de mamá", "La noche boca arriba", "Las babas del diablo" de Julio Cortázar, La balsa, Crouch End de Stephen King, "La mansión de los ruidos", La novia de M. P. Shiel, "Aura" de C. Fuentes, "La trama celeste", "En memoria de Paulina" de A. Bioy Casares, "El extraño caso del difunto Mr. Evelsham", La puerta en el muro de H. G. Wells, ¿Qué es esto? de Fitz-James O´Brien, "Una voz en la noche", "La nave abandonada", "La nave de piedra" de W. H. Hodgson, El vampiro de Polidori, "El osito de felpa del profesor" de Th. Sturgeon, "Los veraneantes" de Sh. Jackson, "El joven Goodman Brown", "La hija de Rappaccini" de N. Hawthorne, "La puerta abierta" de M. Oliphant, "John Barrington Cowles", "El parásito" de A. Conan Doyle, "La marca de la bestia", "El rickshaw fantasma" de R. Kipling, La muerta enamorada de T. Gautier, El miserere, El monte de las ánimas, El beso de G. A. Bécquer, La araña de H. H. Ewers, El signo amarillo de R. W. Chambers, El claro en el bosque de W. Fernández Flórez, Porque la sangre es vida, La litera superior de F. Marion Crawford, Vera de Villiers de L'Isle Adam, La familia del vurdalak de A. Tolstoi, Mira, papá, tio James, Doble "Nelson", ¿Se puede poner Rebeca? de J. Casis, La mujer alta de P. A. de Alarcón, La resucitada, Hijo del alma de E. Pardo Bazán, Más allá de la muerte, El jardín del Montarto, Era una presencia muerta de N. Clarasó, El grano de la granada de Edith Wharton, El olor de P. McGrath, Ovando de J. Kincaid, Mirad allí arriba de H. Russell Wakefield, El patio, La tercera expedición, Los hombres de la Tierra de R. Bradbury, Lord Mountdrago de W. Somerset Maugham, Bethmoora, La oficina de cambio de males de Lord Dunsany, El ángulo del horror de C. Fernández Cubas, La tía de Seaton, De profundis de W. de la Mare, Los perros de Tíndalos de F. B. Long, La reina muerta de R. Coover, El papel amarillo de Charlotte P. Gilman, La piedra negra, El valle de lo Perdido de R. Howard, El vampiro estelar de R. Bloch, El escultor de gárgolas, El final de la historia de C. Ashton Smith...
(*Antologados como cuentos de misterio y terror por Agustí Bartrá en la citada colección.)
[editar] Fuentes
- Frazer, J. G. La rama dorada. Fondo de Cultura Económica, 1986.
- Anderson Imbert, Enrique. Teoría y técnica del cuento. Ariel, 1992.
- Hartwell, David G. El Gran Libro del Terror. Martínez Roca, 1989.
- Llopis, Rafael, ed. Cuentos de terror. Taurus, 1963.
- Llopis, Rafael, ed. Antología de cuentos de terror, 3 tomos. Alianza, 1982.
- Llopis, Rafael, ed. Los mitos de Cthulhu. Alianza. 1976.
- Propp, Vladimir. Morfología del cuento. Akal, 1998.
- Joshi, S. T. The evolution of the weird tale. Hippocampus Press, 2004.
- Lovecraft, H. P. El horror sobrenatural en la literatura. Barral, 1976.
- Marías, Javier, ed. Cuentos únicos. Debolsillo, 2007.
- Manguel, Alberto, ed. Aguas negras. Alianza Ed., 1999.
- Martínez de Mingo, Luis Miedo y literatura. EDAF, 2004.
- VV. AA. Antología española de literatura fantástica. Valdemar.
- Borges, Bioy y Ocampo, ed. Antología de la literatura fantástica. Edhasa.
- Molina Foix, J. Antonio, ed. El horror según Lovecraft. Siruela.
- VV. AA. Los nuevos góticos. Minotauro.
- VV. AA. El vampiro. Siruela.
[editar] Véase también
[editar] Enlaces externos
- Compilación de Cuentos de terror
- [1] Numerosos relatos de terror.
- [2] Más de tres mil relatos de todos los géneros.
Cuentos de fantasmas clásicos en inglés:
- Audio recording of a traditional ghost story from Labrador, Canada
- Ghost Stories GhostPlace.com is a user community with thousands of true ghost stories
- Classic Ghost Stories
- ghosts.org.uk Collection of ghost stories
- Ghostsandstories.com Ghosts stories and hauntings.

